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En esta esquina: La verdadera belleza


Silvia Castillo Nieto
Editora

Él acariciaba a esa mujer con una ternura envidiable y sus ojos la miraban extasiados. ¿Qué veía él que nosotros no podíamos?

Si en ese momento me hubiera acercado y le hubiera preguntado cuál era la mujer más linda del mundo, se que él habría contestado sin dudar: "mi mamá".

La escena la vi a finales del año pasado en un centro comercial. Aquello nada tenía que ver con la publicidad, las modelos de "A Todo Dar", o los artistas de la televisión, pero era muy bello.

En la Costa Rica de hoy pululan los centros de estética o para adelgazar (y no me refiero a perder peso para mejorar la salud), para realizar cirugías plásticas y para blanquear los dientes, y quién sabe para cuántas cosas más. Hay quienes gastan miles de colones para tratar de verse mejor, desde jóvenes de 14 o 15 años hasta señores y señoras setentones.

Todo ese "ruido" nos impide ver la verdadera belleza que tenemos todos, seamos flacos o un poco gorditos, con arrugas, canas, o pecas, con un nariz muy grande o muy pequeña, con una tez blanca, negra o morena...

Para ese niño, que podría tener unos tres o cuatro años, su madre es bella así como es y ¿quién puede dudar de la pureza de su amor?

Mi abuelita era panzona, tenía arrugas y unas enormes ojeras, nunca se maquilló más que los labios y sus dientes eran como los de la mayoría de las personas, nunca fueron como perlas.

Sin embargo, sonreía como pocos y la amaron cientos de personas. Ella era bella, bellísima, porque era auténtica.

La belleza hoy es sintética y por eso solo impresiona durante un tiempo.

Quizás sea algo bueno para este año que comienza, volver a enamorarnos de nuestros cónyuges aunque haya dejado de ser los carajillos que eran cuando los conocimos. Descubrir de nuevo lo hermosos que siguen siendo sus ojos, la ternura de sus manos. Vea detenidamente a sus hijos, a sus sobrinos, a sus amigos y descubrirá lo bellos que son así, en su autenticidad.


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