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Entre Paréntesis: Ciudad de hojalata


Ana Cristina Camacho S.
Periodista

Las paredes de adobe y bajareque que desde tiempos inmemoriales embellecieron y caracterizaron a la ciudad de Santo Domingo de Heredia cayeron desintegradas por las palas y tractores que sin piedad se llevaron años de historia de aquella, la Costa Rica de nuestros abuelos.

Ahora, el recorrido de Tibás hacia el centro de la provincia causa desconsuelo: paredes de hojalata colocadas como vallas publicitarias echaron a perder el atractivo del barro cocido y de las tejas de verdad. Láminas de aluminio pretendieron burdamente sustituir arte y cultura por feos anuncios, en medio del silencio y complicidad de vecinos, alcaldes y empresarios.

También en Heredia, diagonal a la antigua Gobernación, hoy correo municipal, una bicentenaria casa donde allá por 1800 vivió el padre Sarret debió ser demolida. En su lugar hoy opera uno de los tantos parqueos que pululan por toda la ciudad.

Los ejemplos de casas antiguas con gran valor histórico y patrimonial que aguardaron sin éxito la ayuda estatal para su restauración, deben alcanzar los cientos. Un escalón más que añadir a la escalera de descuido, desinterés y carencia de visión en que ha caído el manejo de la cultura en el país.

El Ministerio de Cultura, cuyo presupuesto ha venido a menos en la última década, reconoce sus debilidades: 308 casas y edificios declarados patrimonio histórico a lo largo y ancho del país para una raquítica partida destinada a restauraciones que apenas roza los ¢257 millones.

Ni ingresos del Gobierno Central, ni dinero municipal como tampoco aportes privados han permitido salvaguardar uno de los mayores legados coloniales de nuestro país.

Herencia a la que luego podría sacársele el jugo como ocurre en otros países (europeos sobre todo) donde convierten edificios, casas y otros inmuebles viejos pero con enorme valor, en museos o destinos turísticos por cuya entrada cobran sus no despreciables euros y en los cuales, bien administrativos eso sí, obtienen importantes ganancias que permiten no solo financiar los gastos operativos del sitio sino invertir en su restauración permanentemente.

Pero aquí la visión es corta. La carencia de recursos ha sido la excusa perfecta para hacer caso omiso a la demolición de años de ricos testimonios. Las municipalidades han sido incapaces de coordinar con el Gobierno para impulsar proyectos donde el aporte privado de empresas, artesanos y ciudadanos, de donaciones internacionales e institucionales permitan privilegiar el adobe y las tejas por encima de la hojalata comercial.


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