| Archivo | Indicadores | Lun 7 feb, 2005 - Dom 13 feb, 2005 | Escríbanos |
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Los pinceles que maquillaron la patria Rodolfo González Ulloa La pintura de 1920 a 1940 es en parte responsable de nuestra imagen idílica de lo típico costarricense En 1896, el artista Enrique Echandi pintó un cuadro de Juan Santamaría que por poco acaba con su carrera. Su versión de un campesino pobre, mulato pálido y desencajado contrastaba con la versión heroica de la estatua de bronce develada por los liberales en Alajuela. Un artículo periodístico de la época calificaba la obra como "merecedora de las llamas, burla sacrílega del héroe que ridiculiza al país entero". La dureza de la crítica solo se entiende por el peso que Juan Santamaría había adquirido en las narrativas liberales que inventaron la nación costarricense a finales del siglo XIX. El proyecto liberal, promotor del desarrollo capitalista y de leyes anticlericales, recuperó esta tradición local de un héroe alajuelense, con el cual se identificarían las sectores populares a los que pretendía alfabetizar e insertar en su lógica productiva y de progreso. De la fe a la política La reacción de la Iglesia no se hizo esperar y en 1880 promovió la nacionalización de una tradición religiosa cartaginesa: la aparición de la Virgen de los Ángeles en 1635. Según el historiador Iván Molina, en su libro Costarricense, por dicha, la "Negrita" servía de contrapunto femenino y sacro al héroe secular y masculino. Representaría, además, los ideales de madre y esposa promovidos por la Iglesia y que veían amenazados por la pérdida de la influencia en la educación, en manos de los liberales, así como la promoción del matrimonio civil y del divorcio. Ambos casos ejemplifican cómo los símbolos nacionales son territorios de tensión entre diferentes proyectos políticos y económicos. De esta dinámica no escapan otros productos culturales vinculados con el tema de la identidad, especialmente la literatura, la pintura y la música. Sobre la tapia entejada La experiencia de Echandi no la echaron en saco roto los pintores de los años 1920 a 1940, quienes evadieron todo tipo de conflicto y se dedicaron a pintar, en su mayoría, paisajes idílicos de casas de adobes, montañas, ríos, plantas y otras imágenes que pronto pasaron a formar parte del imaginario costarricense, como estampas de "lo típico". Era la única forma de vender estos cuadros, cuyo precio rondaba los ¢100, cifra superior al salario promedio mensual de un trabajador en San José. Se pintaba para la élite, y eso determinaba la elección de motivos. Además, el 80,4% de los pintores de la época estaban vinculados con ese sector del país. Según Molina, cuadros como "El portón rojo", de Teodorico Quirós (1945, véase en el centro de esta página), representaron paisajes y casas con enfoques nostálgicos y costumbristas que reñían con la realidad. Los colores blanco, azul y rojo --en los muros y tejas-- tomados de la bandera patria, no eran tan comunes como los rosados y verdes. "La pintura ofrecía una imagen apacible del campo, esencialmente del Valle Central, no el de las plantaciones de la United Fruit Company, estremecidas por la huelga de 1934, o el de Guanacaste, escenario de pugnas entre productores y terratenientes. Plasmaron un agro idílico, mientras los novelistas contemporáneos destacaban los conflictos en las áreas rurales", señaló Molina. Para el investigador Carlos Sandoval, en su libro Otros amenazantes, la expresión de paisajes conecta con las referencias a un pasado idílico, ubicado en el siglo XVIII, donde los colonizadores eran todos propietarios. Las referencias a ese pasado ídílico, al que Carlos Monge definió como "democracia rural", permaneció hasta los años 70 en los libros de texto de escuelas y colegios. Por su parte, el filósofo Constantino Láscaris, en El costarricense, habló de un paisaje intermontano que hace al tico individualista y pacífico; pero esas imágenes hoy entran en conflicto con la cotidianidad que enfrenta a los ciudadanos con la violencia, el desencanto por los partidos políticos y la incertidumbre en el futuro. A través de la historia, las pinturas, relatos y otros productos relacionados con la identidad nacional han entrado en crisis. El proceso es sano porque obliga a revisar la autoimagen en el espejo de la historia. |
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