| Archivo | Indicadores | Lun 7 feb, 2005 - Dom 13 feb, 2005 | Escríbanos |
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Nuestro Tiempo: Auschwitz Constantino Urcuyo
La vulnerabilidad de la condición humana, ante quienes predican absolutos desde la Razón, la Moral y la Verdad, es casi infinita.
El pasado 27 de enero se cumplieron 60 años de la liberación de los prisioneros del campo de exterminio de Auschwitz. ¿Qué lleva a los seres humanos a exterminar a sus semejantes? ¿Qué estructuras humanas se ponen al servicio del aniquilamiento? Cuando los actos derivan de una obediencia santificada por el grupo, es posible matar y hacer sufrir sin experimentar culpa. La sumisión libra de responsabilidad cuando quien extermina se escuda en un sistema social que esconde la perversión detrás de la raza, la nación o la clase. El sometimiento a una cultura permite el buen funcionamiento del criminal. Quien obedece entrega poder a la comunidad y aminora así los sentimientos negativos producidos por su brutalidad. El psiquiatra Boris Cyrulnik ha señalado: "Cuando el alma del grupo, Dios, un semidiós, un jefe o un filósofo, proponen un maravilloso proyecto de purificación, es en nombre de la humanidad que el obediente participa en el crimen contra la humanidad". El sentirse parte de la manada legitima acciones que aisladamente no se perpetrarían. Identificados con algo más grande que ellos, los humanos, en nombre de representaciones colectivas, llegan a lo monstruoso. La vulnerabilidad de la condición humana, ante quienes predican absolutos desde la Razón, la Moral y la Verdad, es casi infinita. La presión de la muchedumbre es difícil de resistir. El grupo hace desaparecer los miedos ancestrales. Elías Canetti, premio Nobel de Literatura, apunta que el miedo al otro se expresa en el temor de ser tocado por lo desconocido, y precisa como la manada lo enfrenta: "Es únicamente en la muchedumbre que el hombre supera su temor a ser tocado (.) la multitud que necesita es densa, es aquella en que los cuerpos se juntan unos contra otros (.) hasta el punto que no se da cuenta de con quien se roza. Tan pronto como el hombre se ha entregado al tropel, cesa su temor a ser tocado". Quien se pliega a la fuerza del grupo, encuentra afecto y la nobleza de ser purificador de una realidad imperfecta, fundada esta en la creencia, ingenua o perversa, de una supuesta perfección humana. Ser gobernado por "Líderes" tiene un gran atractivo, suprime la angustia y quita responsabilidad, cuando el yo es frágil, el nosotros se transforma en muleta. En los genocidios el asesino se siente inocente; cuando pierde, se justifica acudiendo a la obediencia; y cuando gana, se piensa como parte de un mecanismo, lo que aumenta su sensación de omnipotencia. Las masacres son posibles porque los obedientes deshumanizan a sus víctimas. Cuando se califica a los otros con metáforas animales (ratas, serpientes, cerdos, gusanos) se justifican todos los excesos. El horror nazi no se caracterizó solamente por la megalomanía, el odio y la retórica delirante, sino también por una banalización del mal, introduciéndolo en la vida cotidiana por vía de la internalización de la obediencia a los tiranos. ¿Solo los nazis funcionan así? La respuesta a esta pregunta es la mejor lección que podríamos sacar de los horrores de los campos de exterminio y así evitar sus repeticiones. |
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