| Archivo | Indicadores | Lun 14 feb, 2005 - Dom 20 feb, 2005 | Escríbanos |
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Nuestro tiempo: En Cuba Anacristina Rossi
Una sabe que en Cuba algo tendrá que cambiar para que sus habitantes puedan vivir mejor. Pero una no quiere ver perderse lo logrado en educación y salud. "Vamos al Coppelia", sugirió el novelista colombiano. Eran unas 20 cuadras caminando, de noche. "¿No habría peligro?", le preguntó la cuentista colombiana al novelista cubano, Eliseo. "¿Peligro de qué?", quiso saber Eliseo. Recordando al Director de la Orquesta Sinfónica de Costa Rica chorreando sangre y a nuestro clarinetista asesinado, precisé: "De que nos metan cuchillazos o balazos para robarnos". Eliseo se echó una carcajada. Dijo: "El cubano no va a sacarte nunca nada por la fuerza. El cubano te seduce, te envuelve y si terminas dándole, es porque tú quieres". Lo que dijo Eliseo lo comprobamos en muchos días -y noches- de caminar por La Habana, por Trinidad, por Cienfuegos. Una niña que se acerca y te da un ramo de flores y te sonríe: la manera más elegante de pedir limosna. O lo que le pasó a la escritora argentina. Un hombre ofreció venderle unas monedas con la efigie del Ché. Ella no quiso comprarlas. El tipo insistió en dárselas. Ella las aceptó. El hombre se fue pero a los dos minutos regresó diciendo que tenía a su madre enferma y necesitaba dinero, que si no le iba a dar nada, mejor le devolviera las monedas. Ella las devolvió y cada quien siguió su camino. Su camino por La Habana, inimaginable ciudad de esplendor. De gentes sin casa que se instalan en derruidos palacios. De negros pobres que viven en bellísimos palacios restaurados. Una ciudad con partes llenas de pobreza uniforme, repartida, que no llega a ser miseria. Y de estallidos de música que salen de cualquier patio o trastienda. Una tarde, cansados de caminar, mi compañero y yo nos sentamos en un poyo en "la esquina caliente", donde la gente se reúne a gritar -la primera vez creímos que era una sublevación- por el béisbol. Sentado a la par, un cubano entrador nos contó lo que todos cuentan y discuten: "Nuestro sistema tiene cosas excelentes, pero desde el período especial la vida es muy difícil. La buena comida se vende en pesos convertibles y a los cubanos nos pagan en pesos cubanos, que no nos alcanzan." "¿Cómo hacen, entonces?" "Cuando salimos del trabajo nos vamos a la calle a resolver. Yo trabajo con turistas, les enseño por ejemplo dónde encontrar langosta barata, es en ese restaurante doblando la esquina...". Nos levantamos y nos despedimos pues el hombre ya estaba trabajando con nosotros y no teníamos pesos convertibles para darle. Así hay que caminar por La Habana, alerta, no a los robos, sino al envolvimiento de la seducción. Una sabe que en Cuba algo tendrá que cambiar para que sus habitantes puedan vivir mejor. Pero una no quiere ver perderse lo logrado en educación y salud, y una tiembla de imaginar ese mundo mágico envilecido por rótulos de MacDonald´s, esa belleza especial mancillada por un comercio globalizante, destructor de diferencias. No hay en todo Latinoamérica un país como Cuba, con tan deslumbrante singularidad arquitectónica y tan exquisito paisaje natural. Le digo a uno de mis anfitriones que la Unesco debería declarar todo Cuba Patrimonio de la Humanidad. Era la presentación de la edición cubana de Limón Blues, y los últimos días. Me estaba despidiendo y una señora notó mi nudo en la garganta. Me dijo: "Usted se va pero como nos deja su novela, nos deja parte de su corazón." Sí. Parte de mi corazón. En Cuba. |
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