| Archivo | Indicadores | Lun 21 feb, 2005 - Dom 27 feb, 2005 | Escríbanos |
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Nuestro tiempo: Prepárese para hablar Jorge Arturo Chaves
Lo que hace más difícil un proceso de diálogo es su carácter ético, más allá de su condición de instrumento político social Son buenas, muy buenas, las noticias sobre un próximo "Diálogo Social Nacional". Sobre todo por la coincidencia de una mayoría de organizaciones sectoriales en que se realice "en las mejores condiciones y en un marco lo más inclusivo posible, para enfrentar los acuciantes desafíos nacionales". También porque apunta al establecimiento de un "mecanismo institucionalizado permanente de dicho diálogo social, como lo puede ser un Consejo Económico y Social de carácter consultivo". Y porque entre sus objetivos trata de articular tanto los que se refieren al fomento de la producción y la competitividad como los que buscan mejor distribución de riqueza, generación de más y mejor calidad de empleo. Al alegrarse por el anuncio no es posible quedarse en el deseo de los mejores resultados a la iniciativa. Estos dependen del aporte de todos los costarricenses que estén en capacidad de hacerlo. Una enorme mayoría puede contribuir, sobre todo, ayudando a crear condiciones para dialogar. Indicando a los participantes directos, a los representantes, cuáles son las actitudes y disposiciones personales que se les pide y que son claves para el éxito de esta empresa. No a cualquier cosa se le puede llamar "diálogo" y hay que tener cuidado para no confundirse. Por supuesto que hay que distinguir este proceso de los "arreglos a la tica" en que a la vieja usanza, con una taza de café, se le echaba tierra a los conflictos y para evitar mayores males se desviaba la atención de los problemas, destacando lo importante de sentarse a hablar aunque no se consiguieran acuerdos de fondo, con tal de que se mantuvieran las "buenas relaciones". Pero también hay que diferenciarlo de la mera negociación. No se trata de un juego de fuerzas, en donde se busque como resultado del mismo, un intercambio de concesiones, renuncias y logros con precio que, en las condiciones de una sociedad como la nuestra, acabaría reproduciendo los mismos efectos de la asimetría imperante: que "el que tiene más galillo, traga más pinol", aunque las apariencias de "acuerdo" se mantengan. Lo que hace más difícil un proceso de diálogo es su carácter ético, más allá de su condición de instrumento político social. Cuando uno dialoga en serio, está implicando la aceptación de un principio moral básico: el reconocimiento del interlocutor como tal, como persona igual a uno mismo, con la misma dignidad y derechos. Cuando además lo que se discute son problemas que afectan a todos de manera desigual, el reto mayor, clave para mantener el carácter ético del proceso, es el compromiso de los participantes por identificar intereses generalizables a todos los sectores, para alcanzar metas que conlleven el bienestar común y no reproduzcan el esquema de "ganadores y perdedores". Pareciera una aspiración utópica en una sociedad en creciente polarización social. Más si se piensa que el punto de partida es el reconocimiento de las diferencias en visiones e intereses. Ciertamente difícil, no es imposible, sobre todo si se enfoca como un proceso que en aproximaciones sucesivas va ampliando los horizontes de posibilidad, sobre la base de aspirar a lo factible hoy, sin claudicar en esta perspectiva ética. |
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