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Nuestro Tiempo: Palabras que se van


Constantino Urcuyo

Recordar palabras del pasado, acariciarlas, amarlas, es parte del proceso de evolución

Un "recoveco" es una vuelta y revuelta, un rodeo o artificio del que alguien se vale para conseguir un fin. "Cachar" es la acción de hurtar. "Atiparse" viene del catalán y es comer hasta el hartazgo. "Conchabar" significa ponerse de acuerdo, buscarle la comba al palo evitando la confrontación. "Pizpireta" es la coqueta, la mujer viva, pronta y aguda. Un "tris" es una porción muy pequeña de tiempo o de lugar, tan pequeña como sus cuatro letras y su monosilabilidad, leve, poca cosa, casi nada.

Me interesan palabras que parecieran olvidadas en el uso cotidiano. Palabras como "botaratas" , "cacharpa" o escocherado. ¿Por qué esta nostalgia y melancolía por recuperar el pasado? ¿Por qué no olvido "buchaca", "pachotada" o "emperifollar"?, ¿no sería mejor usar derrochador, carro viejo e inútil, cosa que no funciona, ahorro escondido, respuesta agresiva e irrespetuosa y adornar profusamente?

A veces me pregunto si este "telele" no será un síntoma inequívoco de vejera, de la resistencia al paso del tiempo y a la incorporación de nuevas palabras en mi lenguaje. Sin embargo, mi fascinación con los idiomas me impide responderme positivamente.

Disfruto de la simplicidad del inglés, de la claridad del francés y de la musicalidad del portugués brasileño.

Por otra parte, estoy al día con las innovaciones del habla de los jóvenes: "al chile", "chuzo" y otras más.

No me asusta lo inédito y no hago fetiche de los tiempos pasados que algunos siguen añorando como si siempre hubiesen sido mejores.

Pienso que la apertura a lo actual no es contradictoria con conservar; no es posible la identidad sin continuidad; las cosas no surgen de la nada. De ahí mi tristeza vaga, melancólica por las palabras que van quedando atrás, ellas están asociadas al decurso de mi vida.

Traen el recuerdo de mi abuela pronunciando "pespunte" mientras cosía; la gratificación de mi madre llamándome "empunchado" por preparar bien mis tareas escolares; evocan a Lelita, la cocinera, poniéndole una "pizquita" de sal a la comida o la memoria de mis tías abuelas alajuelenses sufriendo de "soponcios" y "farachos", acongojadas hasta el desmayo.

Recuperar el pasado tiene su gozo. La arqueología de los recuerdos y las palabras nos descubre también el presente.

Aislados entre valles, montañas y lluvias hemos conservado arcaísmos del castellano, empezando por el vos, palabras que ya no se usan en España las seguimos usando aquí. Estos residuos del pasado no nos disminuyen, tan solo nos hacen diferentes.

Hemos creado palabras nuevas e incorporado muchas de otras lenguas como almohada, almacén, aljibe, zaguán, ojalá, zaguate, chocolate, tomate, fax, computador, jardín y "zapeo" (cambiar frecuentemente, con el control remoto, el canal de TV).

Conservar no es detenerse, siempre se avanza a partir de algo. Recordar las palabras del pasado, acariciarlas, amarlas, es parte del proceso permanente de evolución de la lengua, de la vida y de nuestra identidad, es reconocer de dónde venimos para proyectarnos hacia adelante.

Lector-lectora, un favor, envíenme palabras que se van a: consurcuyo@hotmail.com


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