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ilustración alexander salazar / para el financiero / archivo

País requiere liderazgo y educación para prosperar


Fernando Leñero
Gerente general Grupo Aldesa

Juan Enríquez, profesor de Harvard y autor del libro Mientras el futuro te alcance, deleitó por su sabiduría y visión a una selecta audiencia en el Museo de los Niños, en febrero, invitado por del Club de Investigación de Tecnología y el Incae, con el apoyo de El Financiero, entre otros.

Compartió ideas transformadoras y demostró que la Costa Rica que traíamos en la segunda mitad del siglo XX y nos distinguía de muchas otras naciones, ha perdido el ritmo y está siendo aventajada por países con mejor visión.

Las inversiones pasadas en educación de calidad, sumadas a las interacciones con naciones más desarrolladas para atraer de ellas conocimientos innovadores y a algunos de sus mejores talentos, nos traía inmejorables frutos.

En efecto, gozábamos de amplia disponibilidad de becas para realizar estudios superiores en naciones más desarrolladas y una sostenida apertura a la inmigración calificada, así como incentivos para que inversionistas se pensionaran en el país trayendo su dinero y su influencia para mejorar nuestra calidad de vida. Así, miles de costarricenses mejor preparados y personas talentosas de otras naciones, han venido contribuyendo sensiblemente en esta ola de crecimiento económico, apertura cultural, artística y social que enriquece y distingue a la Costa Rica de hoy.

Señales nocivas

Pero esta tendencia se enfrió. Por un lado, la inmigración actual más sensible es de baja o ninguna educación, que demanda más de lo que aporta. Nos aturde, además, una absoluta ingobernabilidad y una burocracia paralizante incapaz de crear ideas nuevas, menos aún de implementarlas y que aspira a estirar privilegios insostenibles.

El Estado no invierte en la continuidad de un sistema bondadoso que costó mucho tiempo y recursos poner a funcionar. No propicia el desarrollo de infraestructura básica, indispensable para mantener el atractivo de país. Así, sin acciones concretas, sin planes de desarrollo, ni prioridades en los programas de desarrollo para formar nuestra gente en las habilidades que demandaremos de ellos en el futuro, no podremos sostener nuestra trayectoria privilegiada.

El Ministerio de Educación Pública fracasa en su misión más sublime: educar para progresar. Diluye incomprensiblemente su responsabilidad de educar a nuestra juventud con efectividad, excelencia y con sentido práctico. Los prepara -si acaso- para empleos en el agro, el gobierno o la industria, mientras el futuro de progreso está en los servicios, pero reservado a quienes dominen los instrumentos y tecnologías de esta época, así como el inglés, cuando menos.

Enríquez recordó que la educación escolar valiosa debe profundizar en las ciencias, matemáticas y lógica en general. En la creatividad e investigación rigurosa. Necesitamos, dijo para ilustrar, muchos más ingenieros que diseñan y construyen y menos abogados que complican las decisiones y opciones de desarrollo.

Demostró que las naciones que están creando los nuevos conocimientos tienen hoy la mayor productividad. Indicó que los recientes descubrimientos científicos definen una nueva era que transformará la demanda de productos alimenticios. Nos permitirá elevar la calidad funcional de productos animales, frutos y plantas a través de incorporarles insumos genéticos que los transformarán en poderosos vehículos portadores de modificaciones vitales para la salud.

Esta información nos alerta sobre la opción de atraer y desarrollar ese conocimiento en casa y sumarlo a nuestra oferta exportable para posicionarnos entre las naciones pioneras que cobrarán un premio por ofrecer esta innovación.

Empobrecimiento

Enríquez afirmó que las naciones sustentadas en productos básicos serán cada vez más pobres. Con base en ello, Alejandro Urbina, director de La Nación, estimó que el precio internacional del café es ahora una cuarta parte de lo que era hace 50 años, en valor real (La Nación 20/2/2005). Y con ese ingreso dramáticamente disminuido, vamos al mundo a comprar productos y servicios más sofisticados, por los cuales pagamos precios cada vez más altos: el ciclo de empobrecimiento.

Si no estamos educando eficazmente a nuestra gente para desempeñarse con éxito en el mundo que nos anticipa Enríquez, enfatizando en las tecnologías innovadoras y a agregar valor a los productos y servicios que proveemos, los estamos condenando al deterioro progresivo de su poder adquisitivo y renunciando, por omisión, a ser una de las naciones favorecidas por las nuevas corrientes de desarrollo.

Nuestros retos

Las lecciones de Enríquez nos llegan mientras el país sigue paralizado en discusiones cíclicas sobre una reforma fiscal que otorgaría al gobierno un paliativo financiero para seguir evadiendo la realidad -nuestra pérdida de competitividad en el contexto mundial moderno-.

¡Qué diferente sería si dedicáramos ese tiempo a idear condiciones para atraer más empresas de alta tecnología, investigación, desarrollo y servicios, que generen los empleos calificados con mejores sueldos! Esto, mientras enderezamos el rumbo en la educación y preparamos nuestros recursos humanos para atender con competencias técnicas y tecnológicas esas nuevas fuentes de empleo necesarias para consolidar esa nueva economía.

¡Cuánto daño hacen al país esos grupos miopes, de intereses mezquinos, que solo pretenden privilegios desmedidos y se oponen a toda corriente de reforma, paralizando al país con total impunidad!

¡Echamos de menos el liderazgo político capaz de proponer el tipo de país que heredaremos a nuestros hijos y tenga la determinación para convencer y llevar adelante las acciones claves!

Sin esto, no se generarán los empleos que demandan los jóvenes, ni se recaudarán suficientes impuestos por falta de actividad. La efervescencia social seguirá en aumento y la diferencia entre los sectores educados y los no educados multiplicará las brechas sociales, la inseguridad y el estancamiento.

En la era del conocimiento, advirtió Enríquez, la apertura a interactuar con las demás naciones, a estimular el comercio internacional y a crear redes de comunicación, es lo que agrega valor y lo que nos inserta en el grupo selecto de naciones que crecen rápidamente, mientras las economías tradicionales colapsan empobreciendo más y más a sus ciudadanos.


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