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Entre Paréntesis: Pecar de ingenuo


Randall Cordero Sandí
Periodista

Después de varias semanas de disgustos y de dejar el hígado estampado ante un par de instancias públicas, como el Hospital Calderón Guardia y el Banco Popular, por cosas que yo califico de ineficiencias, terquedades y otros artilugios raros que sacan del sombrero para seguir haciendo las cosas como si fuera 1950 (y no como se necesitan en el 2005), me esforcé por ver la situación mejor de como me la estaban pintando.

Cansado de pedir favores y casi suplicar a médicos, enfermeros y guardias por un lado, y a cajeros y asistentes por el otro, y aun más agotado de soportar excusas estúpidas como "no puedo atender a su papá porque se me perdió el lapicero" o "si lo atiendo a usted, tengo que atender a todos los que no han reclamado", decidí calmarme, porque mi bilis, riñones y cabeza ya me lo estaban advirtiendo.

Y no me quedó otra que pecar de ingenuo. Pensar que los favores que pedía a toda esa gente iban a ser atendidos amablemente, o imaginar que mañana intercambiaría sonrisas y bromas con quienes hoy estuve a punto de ahorcar.

Es ingenuo porque tras años de espera, uno sigue confiando en que las cosas van a mejorar de la noche a la mañana en las instituciones públicas, y se parece a un pecado por omisión, de los que se cometen por dejar pasar las cosas que nos incomodan y aguantamos el "basta ya" para la próxima vez.

A mí defenderme me sale con más naturalidad que dejarme, por eso no sé si la actitud pasiva me va a hacer bien o mal.

No creo que esto deba ser así, que cada costarricense que desee tramitar algo o acuda a sus centros de salud tenga que optar por el silencio y la pasividad para no hacer mayores problemas, o porque siempre pasa lo mismo y no hay de otra.

Me sorprendí de la pasividad que había logrado cuando de Neciomatic me llamaron tres veces en media hora para venderme una tarjeta de crédito, y en lugar de soltarles el NO de siempre, atendí a cada vendedor, creo yo que amablemente. Sin embargo, todos vamos perdiendo esta amabilidad, unos más rápido que otros, cuando los obstáculos que nos ponen para utilizar los servicios a los que tenemos derecho y cotizamos se hacen más y más grandes.

Me pregunto entonces si será que quienes dirigen las instituciones públicas, desde el presidente ejecutivo al jefe de escritorios (hay jefes para todo), querrán ver haciendo fila en sus ventanillas a perros dóberman en lugar de personas, o a gente hablando con sus empleados con más ganas de darles un puñetazo que las gracias y un apretón de manos.


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