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Foto Randall Cordero Para El Financiero

Nuestro tiempo: San Fermines


Constantino Urcuyo

La España abierta y generosa que sale a la calle para festejar la vida

Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio: San Fermín. Esta era la canción de la calle hace unos días en Pamplona; la misma que cantamos cuatro estudiantes costarricenses hace más de 30 años. Jorge Urbina, politólogo, Wálter Pereira, siquiatra, y Víctor Hugo Acuña, historiador, dejamos los libros en París y nos instalamos en una tienda de campaña, junto a miles más, en un parque.

Franco vivo. Disfrutamos de la trasgresión de un francés que nos despertaba con las notas de la internacional comunista en su trombón. En las cercanías, una nórdica apasionada no nos dejaba dormir con sus quejidos de amor. Tuvimos que bañarnos en los ríos de la montaña, pues los baños públicos estaban abarrotados.

Noches de vino y tapas, siguiendo a Hemingway, quien preside la Fiesta desde una enorme estatua con la que le agradecen su pasión por la España de los sentidos, enemiga de los cilicios; la España abierta y generosa, que disfruta tomándose sus cañas, que sale a la calle, a comer y a beber, para festejar la vida.

No faltó la irresponsabilidad. Me decidí a correr los toros, pero la aventura fue corta, no bien sentí el aliento de un astado en la espalda, me colgué de unas rejas. Me había dado cuenta del peligro. Los jóvenes vascos se acuestan temprano y llevan un periódico enrollado con el que golpean las narices del toro para desorientarlo.

Jorge, gourmet por nacimiento, disfrutó como nunca de la comida y de los buenos vinos, Wálter de la belleza y simpatía de las nórdicas, mientras que Víctor se nos perdió con su amiga francesa.

No olvido las penas (barras) de jóvenes, con baldes de sangría y música de flautas, dirigiéndose a la Plaza; se me para la respiración al recordar al torero hincado besando la frente del toro.

Nuestros vecinos en la corrida, compartían sin egoísmo la bota con vino, la tortilla y el chorizo.

Una ciudad entera que duerme por la mañana, almuerza y se va a la corrida. Pasada esta, se cena, se va de bar en bar hasta las cuatro de la mañana, hora del chocolate y los churros; luego a correr los toros y a dormir la parranda.

Una noche escuchamos una gran algarabía, muchos jóvenes vascos cantaban. Acababa de morir monseñor Escrivá y Balaguer, gran amigo de Franco, celebraban la partida del fundador del Opus Déi. Prudentemente nos apartamos, los grises (Guardia Civil) ya asomaban por las esquinas.

Disfrutamos esta fiesta que poco tiene que ver con San Fermín, que más recuerda a un ritual pagano de celebración del verano y a las fiestas comerciales con las que se inició en el siglo XVI.

Regresamos a Francia exhaustos. 30 años después no olvidamos las amistades que hicimos, las canciones que entonamos y resuena el rápido galopar del rebaño de toros, golpeando con sus fuertes pezuñas el duro adoquinado; media tonelada de peso y astas finas, anunciando el comienzo de un día maravilloso, lleno de alegría, música y encuentros con una realidad palpitante.


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