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La insostenible irresponsabilidad fiscal

Al soplar con más violencia los vientos electorales, los destrozos fiscales se intensifican. Como la Asamblea Legislativa no ha aprobado el proyecto de reforma fiscal después de casi cuatro años de discutirlo, tratar de aprobarlo en el último año de este Gobierno, significa que el precio a pagar va a ser lo que ya estamos presenciando: los populistas hacen festín de exoneraciones en los impuestos al valor agregado y en el de renta, los grupos de interés y con influencia tratan de perpetuar discriminaciones odiosas o de evitar que se les impongan otras arbitrariedades. La mayoría de la población presencia el espectáculo desde la gradería, probablemente sin tener claro qué es lo que puede aprobarse y cuáles serían sus consecuencias. El debate se ha centrado en aseverar que el complicado proyecto es para gravar más a los ricos y así paliar los supuestos efectos negativos de otras reformas, entre ellas las del tratado comercial con Estados Unidos, sin que se haya presentado evidencia sería lo uno o lo otro.

Como si fuera poco, los diputados también azuzan con cambios en las privilegiadas pensiones del Magisterio y conceden regalos en la forma de condonaciones de préstamos, sin que les preocupe el contenido presupuestario de los mayores gastos que esto provocará. Como crear gastos sin financiamiento sano ha sido una especie de deporte nacional por muchas décadas, hay una buena cantidad de otras leyes que también obligan a incurrir en gastos popularmente atractivos pero sin financiamiento tributario, materialmente imposible de cumplir. Cuando la Sala Constitucional resuelve que se deben cumplir, fiscalmente añade a los otros destrozos fiscales. Todo esto debería redundar en un mayor déficit fiscal y en más deuda pública, y si no ha ocurrido en los últimos años es porque los Ministros de Hacienda, sin que les quede otro remedio, han recortado todo lo que se les pone por delante y, en los dos últimos años y en el actual, el déficit fiscal ha bajado y la deuda pública se ha estabilizado, ambos como porcentaje del PIB.

La mayoría de la población se queja de los mayores precios y bajos salarios, de la pobreza, de que no se cumplan las leyes que obligan a gastos atractivos popularmente pero desfinanciados, y de la falta e ineficiencia de los servicios públicos. Tal vez no siempre se percata de que a veces el juego de los políticos al aprobar gasto sin financiamiento es para lucirse con ellos y que de todas maneras son ellos, desde la gradería, los que pagan la factura de los desbalances fiscales.

Si se exoneran impuestos, se aumentan pensiones privilegiadas, se condonan deudas, se obliga a gastos desfinanciados, y se mal emplean los recursos públicos, quienes principalmente pagan la cuenta son la mayoría, los que más se afectan con la inflación y la baja actividad económica que resulta de la incertidumbre de la inestabilidad fiscal y de la falta de gasto público productivo. Por ello, es importante tener presente que esta situación es insostenible. No podemos seguir con un Estado casi paralizado en áreas clave y donde, a pesar de la contención no muy racional del gasto para la economía nacional en el largo plazo, no podremos bajar la inflación ni crecer más rápido ni bajar la pobreza. Reiteramos la necesidad del aprobar la reforma tributaria, en el tanto los desaciertos actuales no la conviertan en una legislación que cause más daño que beneficio.

Hay que insistir, también, en que la solución al problema fiscal necesariamente pasa por el gasto público y abrir mercados y que el énfasis en las reformas tributarias no puede seguir siendo excusa para la inacción en estos campos. Los presupuestos de gasto debe responder a los objetivos nacionales y dejar se ser una mera repetición de los de años anteriores, con una inflexibilidad que impide responder a las prioridades. El sector privado debe poder jugar un rol mayor en mercados hasta ahora vedados y con una adecuada supervisión estatal, suplir la escasez de fondos y tecnología en el sector público. Sin estas reformas, seguiremos condenados a lo mismo de siempre y a un deterioro en las condiciones económicas y sociales. ¡Actuemos responsablemente!


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