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Nuestro tiempo: Fornicadores de oro


Ana Istarú

Hay una larga constelación de orgasmos pendientes que le adeudamos a la vida.

Ojo: de oro porque me refiero a la ciudadanía dorada, a aquella que cuenta ya con más de 60 y pico de años.

Me explico: en nuestra muy amada y reprimidísima sociedad tenemos la grosera propensión a considerar a nuestros mayores, cadáveres sexuales.

Inconscientemente cercenamos de un tijeretazo la idea de que nuestros padres puedan aún sentirse consumidos por el fuego de una pasión que provocó conmociones glandulares, sequedad en la boca, humedad en más recatados sitios, cortejos, trámites eclesiásticos, hipotecas y, por supuesto, nuestra propia existencia.

Como si el sexo fuera el monopolio de esos jóvenes de perfección grecolatina que exhiben los anuncios de perfumes, de licor, de repuestos mecánicos y hasta de calcetines.

Hablaba hace poco con una encantadora amiga de 65 años, para más señas multiorgásmica, y nos reíamos a carcajadas de todos los vaticinios hormonales que se suponía aplastarían su libido.

Convinimos en que la juventud cuenta con el vigor, pero la madurez con sabiduría y maña, y que por alguna alegre y desprejuiciada razón, el lento declinar de su cuerpo nunca llegó a la cita.

Pero del apetito sexual de una abuelita, por supuesto, no se habla. Resabios de una moral que en el fondo condena la actividad sexual no reproductiva, cuando esta, realizada en santa paz y con buena letra, resulta tan, pero tan entretenida. Buena para la salud (a menos que se adopten posturas demasiado arriesgadas), para el estado de ánimo, para mejorar, incluso para activar la dinamita sin peligros de la imaginación, para recompensar a nuestro pobre cuerpo, ese viejo amigo al que tantos años de cocina y/u oficina le hemos infligido descortésmente, ese pobre cuerpo que nos mira en el espejo con ojos de orfandad, hundido en un más allá de colesterol y sobrepeso.

Deporte, a esas edades, barato como ninguno (practicado entre seniors no deja a nadie embarazado), reta a los contendientes a resolver con amoroso ingenio eventuales escollos mecánicos.

Pero de eso, en realidad, sí se habla. Un poco. Ahora. Y en el cine: en la película (se me escapa el nombre), en la que un Jack Nicholson casanova cae rendido ante el veterano sex appeal de una Diane Keaton exquisita en su intacta vejez. O en los Fockers, léase Fornicadores, en la que Babra Streisand orienta a un grupo de ancianos para que preserven al rojo vivo el fuego eterno del sexo que, como decía mi lúcida y no por ello menos religiosa profesora del curso pre-natal, no debe incendiar la casa, pero sí calentar el hogar.

Caballeros pensionados, damas cuyo nido el tiempo despejó, la juventud de los anuncios dura de los 15 a los 35 y bien dice el tango que 20 años no es nada. Menos aún en el contexto de toda una existencia. ¿Y los 50 restantes? ¿Qué esperamos? Hay una larga constelación de orgasmos pendientes que le adeudamos a la vida.

Hago, pues, un llamamiento público a todos los sabios de la tribu para que sucumban a las tentaciones de este noviazgo rico y sin chaperones. Nada hay más afrodisiaco que inflamar nuestro deseo avivando el deseo del otro.

Y el deseo, como decía mi amiga, no tiene fecha de caducidad.


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