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Columna tributaria: De perlas, pieles y vehículos...


Rafael Luna
Asesores Fiscales Corporativos

Como es sabido, a pesar de los esfuerzos gubernamentales, el estado de las vías públicas resulta en muchas ocasiones deplorable, no sólo por la cantidad de huecos, falta de señalización y el estado de la capa asfáltica en general sino además, por la falta de previsión y mentalidad de corto plazo, que impide invertir de forma eficiente los fondos públicos.

Por otro lado, nos topamos con un sistema de transporte público que se encuentra al mismo nivel que las calles por donde circula. La pobre infraestructura vial del país se confabula con este último hecho para hacer que cada día ir al trabajo se convierta en toda una "aventura" y una permanente carrera contra el tiempo y la ineficiencia.

Las posibilidades de que el país invierta en un adecuado sistema de transporte público tal como un metro subterráneo, buses de línea de calidad, tren urbano y calles decentes se estiman en nulas en el corto o mediano plazo. Por eso, la aventura descrita no tiene visos de desaparecer.

Lo anterior hace que en Costa Rica, el hecho de tener un vehículo propio lejos de ser un lujo o capricho, se haya convertido en toda una necesidad, en especial para personas que viven en lugares alejados o con carreteras en mal estado. No obstante lo anterior, la política de impuestos a los vehículos en el país más bien parece querer que esta situación se perpetúe.

No sólo en Costa Rica tenemos que pagar muchos más impuestos para comprar un carro que en países desarrollados, donde los salarios son muy superiores a los nuestros, sino que además los hidrocarburos pagan otro alto impuesto y anualmente deben cancelarse más impuestos por la simple posesión de un carro. Añada el "guachiman" de la esquina...

Aceptemos que los altos impuestos no han reducido la importación de vehículos (principal causa de los congestionamientos), sólo han provocado que los vehículos que se importan sean mayoritariamente usados, muchas veces en deplorable estado mecánico y con altas emisiones de gases contaminantes.

La pregunta es si tener un vehículo propio es una necesidad en un país carente de un adecuado sistema de transporte público, porque los impuestos se encargan de que tengamos que pagar cifras mucho más elevadas por un carro, que en países donde la gente tiene ingresos mucho mayores a los nuestros.

En mi opinión, los vehículos sólo deberían tener que pagar impuestos a la importación similares a otras mercancías de primera necesidad (exceptuando los vehículos de lujo).

Pero, ¿cómo se explica que la importación de perlas finas pague un 24,3%, una piel de zorro o visón un 35,6% o una máquina eléctrica para depilarse las piernas un 42,78%, y que los vehículos lleguen a pagar más de un 131%?


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