| Archivo | Indicadores | Lun 16 may, 2005 - Dom 22 may, 2005 | Escríbanos |
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Roa, el supremo Mario Bermúdez Vives El máximo exponente de la literatura paraguaya elevó la reflexión sobre poder, historia y palabra a niveles de Nobel El más descomunal escritor de Paraguay, uno de los mejores de América Latina -el último nobelizable, según el profesor franco-uruguayo Gabriel Saad-, fue también uno de los menos reconocido. Estuvo al nivel de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier o Carlos Fuentes en su retrato del dictador latinoamericano y los desvíos del poder, "pero fue al que se dio menos crédito, nunca se le hizo justicia", comentó la escritora mexicana Elena Poniatowska, al enterarse del fallecimiento de Roa, de 88 años. Su obra cumbre Yo, el Supremo es lectura obligada para quien guste de los juegos de lenguaje: Roa mezcla reflexión sobre pasado y presente, poder y realidad, surrealismo y ensayos narrativos, al tiempo que amasa, malabarea, quiebra y estira las palabras. Por ello no es recomendable para quien guste la lectura ligth, los textos ligeros y planos. Quizá ello explica que no se convirtiera en uno de los referentes del boom latinoamericano: su estilo es denso. Sin embargo, quien aprecia el sabor de las palabras, lo encuentra como manjar suculento, incomparable. Hijo del exilio Su literatura es descendiente de una vida marcada por el triple exilio: fue expulsado por los régimenes militares de Paraguay en 1947 y de Argentina, su segunda patria, en 1976. Apenas en 1989 pudo retornar a su país, luego de cuatro décadas de lejanía. Pero incluso en las letras fue un exiliado: su novela Hijo del Hombre vio la luz en 1959, poco antes del boom latinoamericano. Esta circunstancia lo marginó del inicio de este fenómeno literario, y aunque en 1989 se le concedió el Premio Cervantes, sus libros no llegaron a ser reconocidos como símbolos de esta corriente. Hijo del Hombre marcó el camino para su trilogía sobre el monoteísmo del poder, que se completó con Yo, el Supremo en 1974 y El Fiscal, en 1994.
En ellos combina una mirada sobre la historia del Paraguay (Guerra del Chaco en Hijo del Hombre, dictadura de Gaspar Rodríguez de Francia en Yo, el Supremo, y guerra de la Triple Alianza en El Fiscal), con las realidades del poder: la comparación no dicha entre Rodríguez de Francia y el dictador Alfredo Stroessner -al que llamaba tiranosaurio- le valió que sus libros fueran prohibidos en Paraguay, y el retiro de su ciudadanía. La historia también fue protagonista en Vigilia del Almirante (1992), en la que retrató el viaje de Cristóbal Colón hacia América: Roa quiso incluir su visión particular en la polémica del quinto centenario. Pero Roa no era un historiador. La memoria era un punto de partida para enjuiciar el presente, un elemento más en sus rompecabezas filosóficos y de lenguaje. Latinoamericano esencial La bota militar lo expulsaría hasta Francia, pero no lo alejó de sus raíces. En sus discusiones con Julio Cortázar sobre el exilio, insistió en que su sufrimiento y su cátedra -enseñó guaraní y literatura en la universidad de Toulouse- lo convirtieron en un latinoamericano esencial, como se autodefinió. No fue un proceso sencillo. Tuvo que pasar por redacciones, venta de seguros e incluso de baratijas en las calles, y su situación solo es estabilizó cuando se colocó como profesor. Pero estaba cercano el retorno a Paraguay en 1989, con lo que inició otra etapa. Así nacerían Contravida en 1994, en la que volvió la vista hacia las raíces de su infancia -el guaraní y la escritura-, en un esfuerzo de síntesis. Síntesis que procuró en toda su obra, y que no cesa con su muerte. El perenne viajante se instala en la cumbre de la literatura latinoamericana, para continuar desde allí su labor de agitar conciencias y de revolotear con el idioma y la identidad de su Paraguay -isla entre tierras, lo llamaba- y de toda la región, siempre en busca de lo esencial.
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