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ESTILOS DE VIDA

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En esta sección:

Nuestro tiempo: Una lección de vida


Constantino Urcuyo

El ejercicio de la libertad empieza por el reconocimiento de la subjetividad

Hace 40 años fui como estudiante de intercambio a los Estados Unidos. Viví en Lafayette, California, una pequeña ciudad cercana a San Francisco. Eran años de efervescencia política en la cercana universidad de Berkeley. Los hippies entonaban sus cantos de paz frente a la guerra de Vietnam y expresaban su rebeldía ante una sociedad cuya abundancia no los colmaba.

Viví el mundo de los adolescentes norteamericanos de esa época. El contacto con el avance tecnológico y las diferencias culturales provocaron cambios significativos en mí. Me integré a una familia muy diferente a la mía: de dos hermanos pasé a tener diez.

Recuerdo con inmenso afecto el calor y dedicación de Kitty, mi madre postiza, su esmero por facilitarme el aprendizaje de la lengua inglesa. Mis nuevos hermanos ampliaron mi perspectiva del mundo, pero irónicamente, la lección más significativa, en una época de rebelión juvenil, vino de la otra generación.

Había pasado mi secundaria en un rígido colegio católico, donde la vida estaba enmarcada por rigurosos códigos de conducta que definían cada acción para luego prohibirla o permitirla. El espacio para el juicio propio, para el ejercicio activo de la libertad personal era limitado. De pronto, me vi sumergido en una California en rebelión cultural, donde todos los cimientos de lo establecido estaban cuestionados de manera permanente. Hacer el amor y no la guerra, poder para el pueblo, marihuana, Rolling Stones, Beatles, pelo largo, desobediencia civil, todos los fantasmas del pecado recorrían las bellas colinas de San Francisco, mientras hermosas hippies pintaban de flores las aceras de Telegraph en Berkeley.

Los fines de semana solíamos ir de fiesta los mayores de la casa y, al salir, siempre recibíamos una clara orientación de Bill, el padre de mi nueva familia. Nunca he olvidado sus palabras: "Guys use your heads" ('chavalos usen la cabeza').

Qué contraste con mi experiencia anterior. No nos recitaba las letanías de lo prohibido, el peso de las decisiones recaía en nuestra subjetividad; nos estaba enseñando responsabilidad, a responder por nuestras acciones frente a nosotros mismos. Nos llamaba a reflexionar para medir las consecuencias de la acción.

Hace poco murió Bill Eames, dueño de una ferretería en Oakland, exmarino valeroso durante la Segunda Guerra Mundial, católico ferviente, buen padre y maestro de vida para aquel adolescente de 17 años. No olvido, lleno de agradecimiento, sus lecciones.


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