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Nuestro tiempo: Ser nudista en fomentera


Ana Istarú

Un desnudo en un libro de medicina, si acaso desollado y con las costillas por fuera

Spencer Tunick, célebre por sus fotografías de multitudes desnudas artísticamente dispuestas, viene a Costa Rica.

Sus modelos no son famélicas beldades ni adonis musculosos. Son gente común y corriente, desde jóvenes divertidos e imperfectos, hasta señores desinhibidamente obesos.

Recordé el Mediterráneo: Formentera, 1982. Esta hermanita menor de Ibiza, en las Baleares españolas, es una isla diminuta donde pasé mi primer verano nudista. Y mi segundo, una década después. Dos meses de alpargatas y bicicletas y, aclaro, nudismo solo en las playas, que son muchas y muy hermosas.

Mi impacto fue enorme. Esta pobre tercermundista que creciera bajo la represión aldeana de la Costa Rica de los 60, en la que una jovencita decente no veía un desnudo masculino pero ni en un libro de medicina, si acaso desollado y con las costillas por fuera, se encontró de buenas a primeras en traje de Eva, sin más abalorio que su ombligo, en una playa, rodeada de suegros, cuñados, concuñas y demás familiares, vestidos como Dios los trajo al mundo, o no sé quién, porque son un bronceado ramillete de ateos.

Yo estaba encantada. Era el más absoluto ejercicio de la libertad al que hubiera tenido acceso. De entre los españoles, franceses y alemanes que se desintoxicaban del invierno, sobresalía un plácido grupo familiar: la abuelita, gorda como un Botero, cubierta la matriarcal cabeza por un gorrito, tejía bajo el rotundo sol del verano; el abuelo leía el periódico; los niños correteaban, baldecito en mano.

Su desnudez, como la del resto, estaba totalmente deserotizada por el contexto. Era plena, civilizada y pacífica. Los envidié. Estamos a años luz, pensé, de que algo así ocurra en Costa Rica. Imaginé por un momento la intolerancia, el morbo y el prejuicio y suspiré. Y me puse de pie, pues mi marido me presentaba a uno de sus amigos españoles y yo, muy señora, me aprestaba a estrecharle con toda formalidad la mano.

Una única vez vimos a alguien en traje de baño. Un señor con mascareta que se hundió directamente en el mar y sumergió la cabeza bajo el agua entre los bañistas. ¿Qué estará viendo, nos preguntamos, si en estas aguas antiguas y extenuadas no hay un bicho pero ni para un remedio? ¡A los bañistas, claro! Y nos salimos corriendo del agua, sintiéndonos no desnudos, sino desvestidos, como deben de haberse sentido Adán y Eva cuando inventaron la primera colección de ropa íntima con hojas de higuera.

Eran los 80. Formentera aún estaba marcada por resabios de ideas hippies. Poco a poco miríadas de turistas mayoritariamente italianos, más púdicos y glamorosos, impondrían el traje de baño. Los feos saldrían paulatinamente expulsados del paraíso y los cuerpos laboriosamente modelados por horas de cuidadoso ejercicio u onerosa cirugía, impondrían su reinado. El cuerpo como traje de lujo.

Hoy día cada quien se baña como quiere. Los mayores, desnudos, desafiando aún íntimamente la represión franquista; los adolescentes, enfundados en la timidez de sus trajes de baño; las italianas, con los pechos al aire, cubiertas de pulseras, cadenitas y anteojos de marca; las abuelitas, imagino que ya no tejen bajo el sol, a juzgar por las fotos que recibo de los primos de mis hijas. Bueno, la libertad es ahora asolearse cada quien en la facha que quiera.

Y en Costa Rica, el futuro se avecina: viene Tunick, algo que no hubiera podido imaginar aquella jovencita que iba a misa con velo y no podía hablar pero ni de la menstruación.

Bienvenida, libertad, pase adelante.


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