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Nuestro tiempo: Don Abel y la historia


Anacristina Rossi

No es un estadista, ni siquiera un político pero tal vez por eso lo quiero más.

Siento un cariño grande por nuestro Presidente. No es un estadista, ni siquiera un político pero tal vez por eso lo quiero más. Mi cariño no es nuevo. Creo conocer su alma y ahora que lo veo en un momento difícil quisiera darle ánimo.

Como él hizo conmigo hace 30 años.

Yo era una adolescente díscola y atormentada. Me desesperaba la injusticia social, no calzaba en el mundo burgués de mis padres pero tampoco en la izquierda. Vivía en crisis constante. Mi abuela aconsejó: "Que vaya donde Abelito". Abelito, el Dr. Abel Pacheco, era el hijo de una de sus mejores amigas del grupo de Limón.

Yo tenía 17 y fui a ver a don Abel. Desde que lo vi supe que tenía enfrente a un espíritu hermano. Solo hubo esa cita, porque después de escucharme el Dr. Pacheco concluyó que yo no estaba de psiquiatra, que sólo padecía una crisis de adolescencia, exacerbada porque mi lado intelectual se había desarrollado más que mi lado afectivo. Salí de su consultorio con un poquito más de confianza en mí misma y por primera vez pensando que no era tan grave ser diferente y no calzar. A don Abel tampoco le importaba ser diferente. Le di las gracias en silencio y desde ese momento lo quise. Sus libros de cuentos realmente me encantaron, y me llené de ternura cuando dejó la dirección del psiquiátrico para escribir y vender pantalones.

Ahora, además de quererlo, lo compadezco. Es Presidente de la República en una coyuntura dificilísima. Es casi imposible ayudar a los más necesitados en un país manejado tiránicamente por los banqueros, los exportadores y el Ministerio de Hacienda.

También está la coyuntura mundial. En occidente se está recetando el libre comercio como panacea. Pero don Abel, que es una persona leída, sensible y terriblemente humana, duda de las bondades del libre comercio.

Don Abel sospecha que así como estamos, el TLC beneficiará solamente a unos pocos. Por eso no lo había enviado a la Asamblea y por eso nombró la comisión de notables. Y la comisión de notables se lo explicó al país. Franklin Chang lo dijo: Aprobar el TLC sin antes hacer reformas estructurales profundas es "como colocar una manguera de media pulgada a un hidrante". O sea, nos barrerá. Nuestros sistemas públicos de salud, educación e inversión social están hoy enfermos y el TLC podría asestarles el golpe de gracia.

Yo hubiera querido devolverle a don Abel las palabras de aliento que él me dio hace 30 años.

Porque conozco su alma, sé que don Abel quería hacer transformaciones profundas antes de aprobar el TLC. También comprendo que está al final de su periodo. Sin embargo hubiera querido decirle que no mandara el TLC a la Asamblea antes de intentar hacer unas reformas en serio. Porque será terrible que un hombre bueno que quiso gobernar para los pobres pase a la historia como el Presidente que gobernó para los ricos, como el hombre que no pudo conectar al hidrante una manguera de bomberos y tuvo que contentarse con una de media pulgada.


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