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En esta sección:

Nuestro tiempo: Más allá de Katrina


Constantino Urcuyo

No hay ciudad brillante, la imperfección es el rasgo permanente

Durante los días que la televisión informó profusamente de Katrina y del desastre en Nueva Orleáns, seguí con atención las noticias y hubo un hecho que llamó particularmente mi atención.

Aaron Brown, presentador de CNN, comentando la evacuación del estadio Superdome se resistía a llamar refugiados a las personas evacuadas.

El presentador se preguntaba: "¿Refugiados en los EE. UU.?", y se respondía ansiosamente: ".pero si no somos del Tercer Mundo. ¿Cómo es posible que tengamos refugiados, si esto solo ocurre en África o en Haití?"

Me quedé pensando en las razones, motivos y orígenes de esta incapacidad para aceptar la realidad. ¿Por qué Brown y después Cristianne Amanpour, reportera estrella, no querían dejar de lado la fantasía de los EE. UU. como tierra de la perfección, la ciudad brillante ("the shining city"), en la cima de una colina, iluminando el destino de la humanidad?

La explicación está relacionada con factores culturales y con la visión de un "destino manifiesto", que ha animado desde sus inicios la vida norteamericana originada en las esperanzas de aquellos puritanos que huyeron de la persecución religiosa y creyeron encontrar de este lado del Atlántico la Nueva Jerusalén. ¿Cómo es posible que la tierra prometida quede a merced del capricho de la naturaleza?

El desarrollo de una historia, siempre en ascenso hacia el predominio, también explica ese sentimiento de invulnerabilidad y el trauma profundo que se produce, cuando la acción de otros (terrorismo) lo niega o cuando un huracán muestra un poder superior al de la superpotencia.

Una cultura que gira en torno a la sacralización de lo joven, de lo nuevo, de la innovación permanente de los productos, la belleza de las imágenes, la prolongación continua de la vida por medio de los progresos de la medicina, que al enfrentarse a los propios cadáveres, la pobreza autóctona y el dolor de sus negros opta por el camino más fácil y exclama: "Esto no puede estar pasándonos a nosotros".

Observar los muertos en Bosnia, los hambrientos en Sudán o en Níger y el dolor de las madres en Indonesia es menos difícil, hay mucha distancia de por medio y, además, son diferentes. La diferencia es la explicación, porque si fueran iguales, no les pasarían situaciones tan terribles.

Hay mucho que aprender de las angustias de los presentadores de televisión, acostumbrados a abordar la realidad bajo sus formas virtuales; lo virtual-irreal se presta para las fantasías alejadas de la realidad por el sueño perverso de construirla a nuestra imagen y semejanza.

Las pretensiones de perfección son siempre peligrosas, nos encierran, nos hacen creer que somos productos acabados, nos alejan de la realidad de los otros. Detrás de ellas está la ilusión de pensar que podemos ser autosuficientes, que podemos darnos nuestra ley y ponernos más allá de los demás.

La condición humana es una frente a la finitud y deterioro de la vida material, el sufrimiento o la felicidad que nos pueden causar los otros y la amenaza de las catástrofes naturales. No hay ciudad brillante, la imperfección es el rasgo permanente, y enfrentarla es el gran reto de la existencia.


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