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Entre paréntesis: Mi prioridad


Randall Cordero Sandí
Periodista

La vida, con una gran insolencia, cambia en pocos instantes lo que uno cree que le interesa por lo que a uno realmente le interesa.

De un pronto a otro, se cae en la cuenta de que todo es un gran depende. Los atentados de Londres no son los atentados de Londres cuando se ven desde la puerta de un baño, cuando se ayuda a alguien a disfrutar del agua, cuando todo el esfuerzo significa algo: que por nada del mundo se lastime un cuerpo frágil.

Las llamas del Calderón Guardia no son las llamas del Calderón Guardia cuando uno ha estado ahí pocas horas antes, y lo único en lo que puede pensar es gracias a Dios ya no estamos ahí.

Con mi papá me pasó todo eso en los últimos meses. Aunque él no lo hubiera querido así, Londres se fue por el desagüe del baño mientras lo ayudaba a secarse y sentarse en su silla de ruedas, y el Calderón Guardia terminó de arder como una caja de fósforos porque la única cama de hospital que me interesaba no estaba ahí sino en mi cuarto, donde mi papá podía dormir mientras alguien de mi casa lo acompañaba día y noche.

Luego llegó agosto. La romería pasó de ser un mar de gente por la calle de mi casa, a un hilillo apenas mojado del que casi no recuerdo nada.

El día de la madre sí que llegó el 15, pero igual hubiera sido un 2, 20 o 31, porque mi mamá, al igual que yo, había olvidado lo que luego recordamos se llama calendario.

Durante esos meses, lo que realmente me interesaba tenía un solo nombre y apellido: Orlando Cordero, mi padre.

Cuando descansó en paz, antitos de setiembre, la "laguna mental" por la que pasábamos todos en mi familia llegó al final. En el último año, pero sobre todo en los meses más recientes, nuestra vida era marcada por él.

Si su enfermedad hacía que bajara de peso, todos bajábamos al mismo tiempo. Si luego se reponía un poco, ya estábamos gordos de nuevo.

Si andaba alegre, todos también. Cuando se deprimía, aunque lucíamos fuertes ante él, estoy seguro que nos carcomía lo mismo por dentro.

No me da pena admitir que lloré por mi papá y que me olvidé del mundo por meses porque puse atención a lo que realmente interesa, a las personas que uno ama.

Acaso usted se pregunte por qué yo hablo de temas personales en un periódico, pero si esta columna se llama Entre Paréntesis, ése fue el mío. Hay alguien que lo mereció y que aún me interesa.


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