| Archivo | Indicadores | Lun 27 mar, 2006 - Dom 2 abr, 2006 | Escríbanos |
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Lecciones del plan fiscal Mucho habría que comentar sobre una Asamblea Legislativa que, tras cuatro años de trámite, no es capaz de someter a votación un proyecto de reforma fiscal con respeto a sus propias reglas. Esta inoperancia ha llegado a un punto crítico y una de las tareas que con más urgencia debe asumir la próxima legislatura es la de dotarse de unas reglas que le permitan tramitar, con respeto a la libertad de expresión de todos los diputados, pero dentro de plazos razonables, los proyectos legislativos críticos para el futuro de nuestro país. Nuestro editorial de esta edición, sin embargo, se concentrará en otro tema: dada la situación de las finanzas públicas de nuestro país, es indudable que, muerto el proyecto fiscal del gobierno de Abel Pacheco, el próximo gobierno se verá obligado a presentar su propio proyecto. Así lo ha anunciado ya el presidente electo Oscar Arias. De eso damos cuenta en nuestra sección de Economía y Política. Vale la pena, entonces, identificar los errores en el trámite del proyecto recién fenecido e intentar evitarlos en el futuro. Sin ánimo de ser exhaustivos, quisiéramos señalar cuatro errores cardinales. En primer lugar, la reforma tributaria no fue acompañada de ningún compromiso creíble en cuanto al equilibrio de las finanzas públicas ni mucho menos en cuanto a la mejora en la asignación y la calidad del gasto público. Era lógico que la ciudadanía se resistiera, en tales condiciones, a aportar más ingresos al fisco. Sin saber si la crisis fiscal se repetiría a la vuelta de pocos años y sin ninguna garantía de que el dinero a recaudar se utilizaría con sabiduría, ¿por qué dar más recursos al gobierno? En segundo lugar, el Gobierno de la República tomó la decisión de proponer una reforma extremadamente compleja desde el punto de vista técnico -y no es cierto que una reforma técnicamente sólida tenga que ser redactada en un estilo tan denso que resultaba prácticamente incomprensible- pero no se tomó la molestia de explicarla, con paciencia y detenimiento a los ciudadanos. ¿Cómo apoyar una reforma que no fue explicada y que para el ciudadano común resultaba imposible de entender por sus propios medios? En tercer lugar, a la reforma tributaria se le adjunto un cuerpo bastante extenso de reformas no tributarias, que con la buena intención de lograr mayor transparencia y rendición de cuentas en la función pública, en la práctica hubiesen tenido el efecto de entrabar aún más nuestra ya casi paralizada administración pública. Y en cuarto lugar, un componente central de la reforma fue cercenado muy tempranamente en su trámite, a saber, la creación de una organización técnica especializada en la recaudación tributaria, similar a la que tienen países avanzados en esta materia, como el IRS en los Estados Unidos y la Agencia Tributaria en España. Corríamos así el riesgo de aprobar una reforma que la administración tributaria actual, con todos sus méritos, quizá hubiese sido incapaz de administrar. Si se admiten estos errores, las lecciones son claras: al mismo tiempo que pide más ingresos, el gobierno entrante debe demostrar un compromiso creíble para mantener el equilibrio fiscal y mejorar la calidad del gasto; la reforma debe ser más simple y debe ser explicada con paciencia a la ciudadanía; la reforma no debe convertirse en una excusa para entrabar aún más la administración pública y, finalmente, si el país no se dota a sí mismo de un ente capaz de administrar un sistema tributario complejo, los frutos de la reforma podrían ser magros, aunque el diseño técnico de los impuestos fuese de primera categoría. El desafío para las próximas autoridades es enorme. La nueva propuesta deberá prepararse en un lapso extraordinariamente corto, pero esta no puede ser una excusa para sacrificar su calidad técnica. El trámite, con una Asamblea Legislativa dividida y con fracciones políticas de orientaciones muy diversas, será extraordinariamente difícil. En el corto plazo, un nuevo gobierno deseoso de hacer obra, deberá observar, más bien, una disciplina fiscal basada fundamentalmente en la contención del gasto. La negociación política toma entonces, con esta nueva reforma, un nuevo rol protagónico. Y sobre el tipo de negociación, también hemos tenido muchos aprendizajes en este gobierno. Por todo esto, más vale aprender de los errores cometidos en el trámite del Pacto Fiscal, y evitarlos, a toda costa, en la elaboración y trámite de la reforma que habrá de proponer el nuevo gobierno. |
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