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FOTOS JOSÉ DAVID GUEVARA / EL FINANCIERO

Agricultor de canciones, músico de surcos y agua


José David Guevara Muñoz

La vida de este guanacasteco es una alforja llena de recuerdos, nostalgias, canciones y trabajo arduo de la tierra

A Max Goldemberg Guevara se le puede definir de dos maneras: como un agricultor orgánico que cultiva y cosecha canciones, o como un músico empírico que rasga las cuerdas de la tierra y el agua.

Cualquiera de estos dos conceptos es correcto, pues este guanacasteco nacido en Liberia pero inquilino de Nicoya, combina a diario dos de sus grandes pasiones: la agricultura orgánica, para la cual empuña pico y pala, y la composición de canciones, para lo cual echa mano a la guitarra y el requinto.

Además:

  • Ver nota adicional
  • Y ambas actividades son como jinete y caballo, avanzan en una misma dirección: proteger la naturaleza, en especial las fuentes de agua.

    Si de trabajar en los surcos se trata, este hombre nacido en 1944, le brinda protección al vital líquido utilizando abono orgánico que evita la contaminación. Y cuando se faja con los pentagramas, procura sembrar la semilla de la conciencia ecológica; por ejemplo, en su canción Pueblo mío: "Aquel riachuelo claro de piedras cantarinas / ahora corre entubado, sus aguas negras son".

    No es para menos que así sea, pues este tío de Jaime y Fidel Gamboa (músicos del grupo Malpaís) vive en una finca de 40 hectáreas que provee agua suficiente para sus habitantes, y que tiene un nombre líquido y refrescante: La Chorrera, en honor a un abundante chorro de agua que cae desde el cerro cada invierno.

    Se trata de un paraíso que evoca el terreno donde vivía la solitaria Leticia, del cuento El raudal, de Carlos Salazar Herrera, pues también es habitado por congos risueños, lechuzas gritonas y coyotes llorones.

    Inquilino de dos CD

    Allí conversamos con don Max el pasado 10 de marzo, durante una mañana en la que alguien se encargó de echarle una carga extra de leña seca al Sol.

    Por suerte estábamos a la sombra, cómodamente sentados en un amplio corredor en escuadra dispuesto para la fiesta y la tertulia pues está equipado con bancas, sillas y mesas de madera elaboradas por este músico agricultor en un pequeño taller de ebanistería que también forma parte de La Chorrera. De este rincón tapizado de aserrín han salido también las puertas y ventanas de la casa de este guanacasteco de cejas tupidas, hablar pausado, sonrisa fácil y botas de cuero empolvadas.

    Su voz de persona amistosa y pacífica no resultó nueva, ya la habíamos escuchado en dos discos compactos embriagados de Guanacaste: Tierra seca, en el que canta con un viejo amigo y vecino, Odilón Juárez, y Al pie del balcón, en el que además de ellos dos participan otros hijos de la pampa: Santos Juárez y José Everardo Baltodano. En ambas creaciones, producidas por el sello Papaya Music, la música corre por cuenta de Malpaís; la primera es como un niño de cuatro años, en tanto que la segunda apenas gatea.

    Durante dos horas, este padre de cuatro hijas y abuelo de siete nietos habló de su pasado, sus influencias musicales y rutina diaria. Por supuesto, no se quedó con las ganas de sacar la guitarra y cantar algunas de sus canciones.

    Codornices, cabras...

    El tiempo alcanzó para hacer un recorrido por los galerones donde don Max cría gallinas y codornices. También tiene cabras y patos.

    "La agricultura orgánica (con la cual produce yuca, caña, ñampí, tiquisque, papaya, piña y maíz) te exige tener este tipo de animales pues con sus cuitas se produce el abono orgánico; claro, pasándolo todo por un proceso de lombricultura", explica este hijo de una "negrita guanacasteca" -como él mismo la llama- y de un inmigrante ruso que llegó a Costa Rica huyendo de las guerras de Europa.

    Esta pareja se conoció a bordo de una lancha en uno de los tantos viajes que el padre de don Max hizo desde la capital para comprarle queso y crema a finqueros guanacastecos, productos que luego se vendían en San José.

    Los abuelos maternos de don Max eran el coronel Dámaso Centeno, de Liberia, y la maestra rural Isolina Centeno. De ellos habla la canción La Chola, del primer disco de Malpaís.

    Doña Isolina fue una de las personas que sembró la simiente artística en don Max, pues cuando él era un niño ella le contaba y cantaba historias, y le enseñó a bailar. También fue muy influenciado por su tío Adán Guevara, prominente músico guanacasteco, quien lo ponía a cantar en su infancia.

    Mientras este guanacasteco nos cuenta una versión resumida de su pasado, su esposa, doña Sonia Elena Zúñiga Mora, irrumpe en el corredor con un pichel de fresco de limón y jengibre; al sonar de los cubos de hielo, las gargantas se alegran.

    -Les presento a mi esposa Sonia -dice don Max.

    -Yo pensé que ibas a decirles que soy Shakira -dice ella.

    -No, a Shakira la veo por televisón, pero a vos te tengo aquí, mejor -responde él de inmediato.

    Inspiración y nostalgia

    Doña Sonia ha sido la inspiración de algunas de sus canciones. Entre ellas, Ausencia, la cual compuso en una época en la que su esposa estuvo en Europa. "Está todo tan triste aquí en mi soledad / que te espero con ansia / sé que vendrás mañana / con el agua de invierno. / Al evocarte siento que perdí / lo mejor de mi vida / no sigas alejada / regresa ya, regresa a mí...".

    La nostalgia es un ingrediente importante de sus canciones. "Eso es a propósito porque me negaba a estar encasillado en la música tradicional guanacasteca, que es muy alegretas, muy de pachanguita y de jolgorio; me gusta esa música, pero quise probar otros ritmos". A don Max le caen como soga al cuerno las primeras palabras del poema Lluvia con sol, de Max Jiménez: "Como lluvia de pueblo tengo yo el alma / sintiendo por las venas toda una historia de melancolías".

    -¿Y cómo surgen sus canciones? -le preguntamos-. Su respuesta tiene, como fondo musical, a un coro de chicharras que parecen querer demostrar que en La Chorrera don Max no es el único que canta.

    "Lo que siempre me ha parecido más lógico es hacer la melodía primero con mi guitarra y mi requinto; cuando ya más o menos la tengo cuadrada, comienzo a tocarla para mí para ver qué me dice esa música. La música es primero. La música me da el tema, es la que me habla y me sugiere las letras", manifiesta este hombre que mueve sus manos al hablar, imita voces de las personas que menciona y tiene por muletilla la expresión "qué sé yo".

    -¿Y qué lo llena más: la música o la agricultura? "En mi caso no pueden existir la una sin la otra; mis inquietudes artísticas nacen de mi identificación con la madre tierra", responde este agricultor de canciones y músico de surcos y agua.

    Serenatas, guaro y policías...


    "En mi juventud fui muy bohemio, muy de andar en la calle hasta tarde dando serenatas. Como dice un expresidente nuestro (Luis Alberto Monge), la bohemia humaniza."Los suegros nunca se enojaron conmigo por dar serenata con mis amigos, más bien se enojaban cuando no llegábamos muy seguido a cantar. Nos reclamaban: 'Mirá, hace días que no los oímos cantar, ¿qué pasó?'"Los que sí nos perseguían eran los policías porque había que sacar un permiso municipal, y si comprábamos el combustible para la serenata, que era la botellita de guaro, no nos alcanzaba la plata para el permiso. Entonces dimos muchas serenatas sin permiso municipal, y la policía llegaba y nos perseguía. Claro, el combustible nos daba chance de correr (ríe)."Después optamos por hacernos amigos de los policías y muchas veces ellos nos acompañaban también a dar la serenata porque había policías que cantaban".

    Cosecha de palabras

    "Hay tres cosas por las que uno se da cuenta de que va llegando a viejo. La primera es que todo empieza a olvidársele, y las otras dos... ya no las recuerdo. Entonces empieza uno a llenarse de agendas y papelitos".

    "Hay que promocionar muchísimo la agricultura orgánica porque la agricultura tradicional contamina mucho la tierra y las fuentes de agua. Hay que cuidar el agua, que es el verdadero oro".

    "La música siempre la practiqué, pero no me atrevía a componer. Es más, critiqué fuertemente a quienes se atrevían a componer; ¿a ese quién lo mete si no sabe nada de eso?, decía yo. En el fondo, era porque me daba miedo hacer algún ridiculazo. No creía que tuviera alguna capacidad para eso, pero ¡diay! un día me sonó la flauta y a la gente comenzó a gustarle".

    "Mi primera composición fue El portoncito, a la que mi sobrino Fidel (Gamboa, del grupo Malpaís) le puso letra. El día que hice esa composición había estado colgando un portoncito con un amigo mío. Esta parte de la historia sí es real, pero el resto, la que canta Fidel, es invento de él".

    "Fue una cosa muy simpática la relación que tuve con mi abuela (Isolina Centeno). Me acuerdo, como si la estuviera viendo ahorita, agarrándose las enaguas y bailando el zapateado".

    "Soy un enamorado de esta región (Nicoya, Guanacaste). No me hallaría en otra parte. Esta es mi zona ¡y aquí pienso quedarme!"


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