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Entre Paréntesis: Los ojos de mi ángel


Diana Lucía Salas Víquez
Periodista

Convencida de sentir lo que siente cualquier niño al oír decir a Quino que Mafalda murió atropellada o al leer (en un comunicado de prensa) que la Barbie y el Ken sí se divorciaron, escuché al invitado de una de mis clases asegurar que los ángeles no existen.

Aclaro que no tengo idea a cuáles ángeles se refería ni tampoco si se dio cuenta en algún momento de mis esfuerzos teatrales para evitar un bombardeo de reproche infantil y de miradas amonestadoras durante los 150 minutos que habló.

Desde hacía más de una hora yo procuraba reunir los argumentos necesarios para demostrarle a aquel que se consideraba ateo, la errónea interpretación que le otorgaba a la palabra ángel.

Luego me sorprendí justificándolo. Claro, él no tenía por qué conocer de mis experiencias "inverosímiles"; traiciones del cerebro que el subconsciente insiste en reconstruir cada noche. Además, yo no conocía en absoluto la vida de este canoso expositor ni tenía intenciones de compartir la mía con él.

Su charla de periodismo solo caló en mi necesidad de mantener a mis ángeles cerca, recorrerlos una y otra vez con la potestad de quien obtiene un obsequio, interrogarlos hasta el cansancio, robar la calidez de sus manos tan solo para intentar sobrevivir.

Una noche de diciembre ofrecí una despedida breve y espontánea. Los cuartos del hospital opacos de angustia ocultaron una vez más los sollozos de todas las noches anteriores y arrullaron los cuerpos de quienes dormían alumbrados apenas por la luz de la salita de enfermeras. Era una cárcel de sentimientos sin derecho a salir por buen comportamiento; habitación tras habitación con alguna que otra vista panorámica del anochecer capitalino.

Esa noche al salir al pasillo escuché una voz quebrarse en un intento fallido de despedida. Hubo silencio, uno que registró un zumbido en mis oídos: el zumbido más perturbador.

Me devolví y tuve el tiempo suficiente para grabar la imagen de aquellos ojos celestes que no volví a contemplar abiertos de nuevo, aquellos ojos de ángel atrapados en el cuerpo de mi papá.

Perdí a uno de mis ángeles.

No sé cómo lo hizo pero siempre se las ingenió para que aún en ese último momento yo no pudiera ver sus alas. Supongo que eso hacen todos los padres porque tampoco logro dar con las alas de mi mamá ni con las de ninguno de mis compañeros de trabajo. Tendré que esperar entonces hasta que llegue mi turno para resolver cómo esconderlas.


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