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Simplificación de trámites y protección del ambiente

Un cuerpo de evidencia científica cada vez más sólida ha transformado el lugar que los temas ambientales ocupan en la agenda pública y ha comprimido, de manera dramática, el calendario con que estos temas deberán ser atendidos. Hace pocos años se debatía el cambio climático. Hoy el calentamiento global es un hecho que no es discutido seriamente por nadie. Hace pocos años se creía que las transformaciones climáticas serían graduales y lentas. Hoy está claro que el cambio tiene lugar de manera acelerada y que, traspasados ciertos umbrales críticos podría acelerarse aún más.

La necesidad de actuar para proteger el medio ambiente es manifiesta y urgente. Pero si el peligro es inminente y la acción es urgente, los métodos para protegerlo, mantener la biodiversidad y restaurar los equilibrios ambientales perdidos son objeto de una enconada controversia, ilustrada dramáticamente por la negativa de los Estados Unidos a ratificar el Protocolo de Kioto y la incertidumbre en cuanto al instrumento que lo sustituirá, una vez que concluya su vigencia.

Debería ser claro que una política ambiental efectiva debe orientarse hacia el cambio de prácticas y hacia la obtención de resultados, no hacia el formalismo, la tramitología, la burocracia y la generación de rentas, legales e ilegales, para quienes estudian, evalúan, certifican o, simplemente, facilitan y aceleran el cumplimiento de trámites y la obtención de permisos.

En cuanto al primer aspecto, si algo ha caracterizado la cultura del control en nuestro país es precisamente el formalismo, la tramitología y los permisos y controles a priori. El control -y no sólo en el campo ambiental- se centra en los papeles, y lo que sucede en el campo queda relegado en la práctica a segundo orden. Las técnicas modernas de análisis del riesgo así como las de costo beneficio son casi ajenas a nuestra cultura del control.

Y en cuanto al segundo, debe tomarse nota de que el exceso de trámites, por absurdos, innecesarios o repetitivos que sean, no perjudica a todo mundo, sino que genera grupos de beneficiarios que cobran por certificar, evaluar o simplemente por acelerar el cumplimiento de los trámites y la obtención de permisos. Además, cuando las denuncias ambientales pueden paralizar de manera indefinida cualquier proyecto, es casi inevitable la tentación de utilizarlas como una herramienta de competencia desleal o simplemente para detener un proyecto que, aún sin presentar riesgos ambientales, no resulta del agrado de algún grupo de ciudadanos.

Por esto, el anuncio de que el próximo gobierno simplificará la gestión de la Secretaría Técnica Ambiental (Setena) y definirá su ámbito de acción es una buena noticia para el medio ambiente. Someter a todo proyecto productivo o inmobiliario a un estudio de impacto ambiental puede parecer una política rigurosa, pero en realidad es una política que resulta eficaz para desalentar al empresario honesto e impotente para detener al inescrupuloso.

Como los recursos de la Setena son limitados y el impacto de los proyectos productivos muy variable, tiene todo el sentido del mundo concentrar los recursos de la institución en los proyectos que implican mayor riesgo ambiental y, de paso, liberar recursos que se dedican al papeleo y la tramitología y dedicarlos más bien a la inspección y el control en el campo. Sin duda, los grupos que se benefician, legal o ilegalmente, del exceso de trámites, quienes usan los recursos ante la Setena como una herramienta de competencia desleal y quienes nada aprendieron del fracaso de la economía basada en la planificación central, alegarán que la simplificación propuesta atenta contra la seguridad ambiental, de la misma manera que algunos profesionales protestaron cuando el requisito de contar con un regente químico para producir vinagre casero fue eliminado hace algunos años.

No hay nada, en principio, que justifique estos temores. Un control más ágil, inteligente y focalizado resultará en una política ambiental más racional y eficaz. Todo paso que se de en esta dirección debe ser aplaudido por quienes compartimos una genuina preocupación por nuestro ambiente y por el bienestar de las futuras generaciones.


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