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Clase Ejecutiva/Cine: El placer de llorar


María Lourdes Cortés

Don Rafael del Junco era el único personaje de la radionovela "El derecho de nacer" (1949), que conocía el secreto central de la serie: el nombre del rufián que le había robado la honra a su hija, y de quien nacería un hijo bastardo. Al ver cómo subía el rating, el actor que lo representaba decidió pedir un aumento de sueldo y el guionista, Félix B. Caignet, le hizo perder la voz al personaje mientras negociaban dicho aumento. Latinoamerica entera se paralizó ante la incógnita. Eran los años cincuenta y el mundo se construía a través de las ondas de radio.

Lo que en su origen fue un problema de producción extranovelesco, muestra el procedimiento fundamental de la telenovela: el pase de una pregunta (¿quién es el padre?) a otra (¿cuándo hablará don Rafael?) y a otra y a otra, en una serie casi infinita de incógnitas.

Una gran mayoría de telespectadores desprecia el género novelesco, considerándolo entretenimiento menor, fácil, lacrimógeno, destinado al público femenino de bajo nivel cultural. Difícilmente los hombres aceptan que ven las telenovelas por placer y siempre pretextan que lo hacen por acompañar a su esposa. No obstante, es cierto que la mayoría de las telenovelas exitosas -especialmente las mexicanas y venezolanas- se basan en estructuras fijas, estereotipadas, moralistas y están pobremente realizadas.

Si bien entre los logros más importantes del siglo XX está la liberación de la mujer, a la que se le otorgó facilidades que van desde la lavadora automática hasta la píldora anticonceptiva, la telenovela latinoamericana tradicional, no solo no propone a la mujer ningún tipo de enmancipación, sino que la devuelve al mundo del que, según sus esquemas ideológicos, nunca debió salir: el hogar y el matrimonio feliz.

Las telenovelas más exitosas tienen como protagonistas a dos mujeres que se oponen por el amor de un hombre. Estas mujeres se definen y diferencian claramente como la buena y la mala, por lo general ambas hermosas. El protagonista masculino es débil en su actuar y se reduce a ser el objeto del deseo y el motor de los conflictos de ambas mujeres. Y para tranquilidad de los espectadores, las telenovelas siempre finalizan con el triunfo de los valores propuestos como positivos. Por lo general, el trofeo destinado a la mujer buena -la mayoría de las veces virginal- es el matrimonio en el altar en un "happy end" con beso cinematográfico.

En la era del vacío, como ha llamado a nuestra época el sociólogo Gilles Lipotevsky, el sexo es "cool" y los desbordes pasionales deben reprimirse. Es también la era de la "tercera mujer", la cual puede hacer todo igual que los hombres, pero al igual que ellos, debe excluir la expresión de sus pasiones en el ámbito laboral, al que se ha incorporado de lleno. Hoy la mujer debe permanecer digna en materia de afecto, sino quiere parecer cursi.

Es como "mirona" de telenovelas, donde la mujer recupera su espacio de expresión de afectividades y pasiones. Allí se enfrenta con las emociones más que con la reflexión. La telenovela es un permiso para llorar.

Durante este medio siglo el género ha evolucionado y hemos tenido telenovelas de mujeres feas, gordas, hombres protagonistas y con mucho humor. Otros géneros de gran impacto como los reality shows han invadido la pantalla, no obstante, la telenovela sigue siendo el género audiovisual latinoamericano más reconocido internacionalmente y de mayor venta. Empresas de México, Brasil y Venezuela han logrado colocar sus títulos en más de 125 países, con doblajes en 25 lenguas, generando un negocio de más de 130 millones de dólares al año.

Sin duda, llorar no solo es un placer sino un buen negocio.


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