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Entre Paréntesis: El amor en tiempos...


Wilberth Quesada Céspedes
Periodista

La Semana Mayor llegó a su fin. No sé usted, pero yo tomo unos minutos de estos días para reflexionar un poco sobre el rumbo que llevo y la humanidad.

Y no importa dónde la haya pasado, si fue solo o con compañía, en su casa, la playa o la montaña. Si fue comiendo langosta o sardina, conserva y rosquillas, o con un solitario vaso de agua.

Lo que importa es que haya tomado unos minutos para ensimismarse con su otro yo, y para poner en perspectiva lo que hace casi dos milenios alguien de carne y hueso hizo por todos en nombre del amor.

No importa tampoco si usted profesa la religión cristiana o cualesquier otra. Basta con que traslade a su vida las enseñanzas de aquel extraordinario hombre que murió en una cruz para salvar a otros.

El mundo hoy nos envuelve en un corre corre diario, que nos llena de estrés, angustia, de cargas muy pesadas que apenas soportamos. Tomamos más tiempo para ir de compras a un mall, ver la tv o hacer un viaje, que para pensar y hacer conciencia sobre nuestra vida, sobre el futuro, el nuestro y el del mundo.

Nos hemos vuelto indiferentes, con piel de lagarto, a las espinas de la pobreza, del hambre, la violencia, y la maldad. Hoy igual que ayer y seguro que mañana, los medios nos informan sobre asaltos, muertes, violaciones y abusos. Nos reportan el hambre, la miseria humana.

Y decidimos pasar de canal, página, dar vuelta a la perilla. No nos interesa, vivimos otra realidad, la nuestra, la diaria. Olvidamos que esos agredidos, hambrientos y miserables, son los mismos por quien el Cristo también dio su vida.

Nos cerramos en nuestra burbuja de cristal, ignorando esa realidad humana que azota a millones.

¿Qué hacer? ¿Quién puede salvarnos? El amor. En tiempos de desesperanza, violencia, hambruna, miseria y tribulación, es el único que lo puede hacer.

Pero no basta con amarnos a nosotros mismos, a nuestra pareja, hijos, familia y amigos. Se trata de amar a nuestra raza (la humana), de hacerlo sin límites. Amar al prójimo.

Sí, sin límites, como no lo tuvo quien entregó su vida por los demás. Como no lo tuvo el Padre que entregó a su primogénito por el perdón del pecado de otros.

¿Lo hizo en Semana Santa? No importa. Tómese unos minutos; no se deje atrapar por el corre corre. Siéntese, mírese en el espejo.

Usted es un ser humano, que igual que Cristo goza de gran capacidad para amar; ahora dese confianza y actúe.

Al fin y al cabo, el poder del cambio empieza por uno.


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