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Clase Ejecutiva/Arte: Colapso Con Anacristina Rossi
Cuando se firmó la sentencia de muerte del sur de Limón yo aprendí la lección más importante de mi vida: nada puede detener el poder del dinero. Y hace poco me regalaron dos libros que confirman esa funesta lección. Son Colapso, de Jared Diamond, y L’Humanité disparaîtra, de Ives Paccalet, colaborador de Jacques Cousteau. Ambos libros confirman con cifras, datos y múltiples experiencias que el colapso es inevitable. ¿Por qué? Porque la huella humana del modo de vida occidental ya está estrangulando el planeta, y aún faltan por integrarse al consumo miles de millones en China y la India. Según Paccalet, ni siquiera el crecimiento cero nos salvará de lo que viene: una rapiña a muerte por el agua, los lugares vivibles y el alimento. Ni aunque descreciéramos en términos económicos podremos evitar un futuro nauseabundo y gris como el que se ve en la película The Matrix cuando los personajes se desenchufan. Nos espera una ecología de ratas y cucarachas, como dicen los científicos ingleses Myers y Knoll. Diamond afirma algo parecido pero en sus conclusiones es más optimista. Dice que podemos alterar ese rumbo suicida si todos y cada uno de nosotros le dice NO al consumo. Yo pienso que es posible que los suecos o los alemanes le digan NO al consumo, pero quienes jamás dirán NO son los miles de millones de la India y de China que ni siquiera han empezado a consumir pero se mueren de ganas de hacerlo. Paccalet explica el desastre por tres pulsiones animales: la reproducción, la territorialidad y la jerarquía. Pero creo que Paccalet se equivoca. El problema no está en ninguna pulsión animal. Ningún animal está destruyendo el planeta. Solamente el humano, porque tiene lo que los demás animales no tienen: el lenguaje articulado, el poder de la abstracción. Por eso puede planear, vengarse y mentir y paradójicamente también hacer arte. La capacidad de abstracción es posible porque la especie humana es una especie vacía. Los antropólogos y los psicoanalistas saben que el lenguaje humano se articula gracias a un hoyo central en la gente, una vacuola que pide ser llenada pero que nunca se puede colmar. Tener ese vacío es tener el infinito –si lo vemos desde el punto de vista artístico o espiritual– o una voracidad insaciable –si lo vemos desde el punto de vista del mercado–. Hay grupos que aceptan el vacío y se sumergen en él, como los budistas. El islam lo tapa con la figura del padre. El occidente cristiano lo trata de colmar con objetos de consumo, por eso el capitalismo es insaciable. Es ridículo comparar la voracidad de un hombre de negocios con la voracidad de un tigre. La voracidad del tigre o de cualquier otro depredador no humano está dada por el tamaño de su estómago y por su capacidad territorial física. La voracidad del ser humano en cambio es inconmensurable porque está dada por su incolmable vacío interior. Por eso nuestra humanidad es sublime y espantosa.
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