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Cartas al Niño Dios: Pido poco porque quiero mucho - Leonardo Garnier, ministro de Educación.

Ah... desde el Ministerio de Educación podría hacer una interminable carta al Niño. Bastaría sumar las peticiones que recibo cada vez que visito escuelas y colegios, donde me piden ayuda con el techo, con los pupitres, con las aulas que faltan, con la batería sanitaria o con el laboratorio de cómputo y la biblioteca. Añadiría ¿cómo no? las historias de esas familias tan pobres que difícilmente pueden mantener a sus hijas e hijos en el colegio. Historias reales; necesidades reales: no hay suficiente infraestructura, no hay suficientes docentes, no hay suficiente equipamiento ni materiales educativos. Ya solo eso daría una carta enorme y completamente válida.

Carta enorme que se quedaría corta, porque también nos faltan más y mejores docentes y, para eso, necesitamos más tiempo y mejores cursos; y, claro, usar mejor la evaluación para saber qué es lo que realmente explica en unos casos el fracaso... en otros el éxito de la educación pública (porque también hay grandes y hermosos éxitos en nuestras escuelas y colegios públicos). Pocas cosas son más importantes para una escuela o colegio que su directora o director; así que nuestra carta tendría que pedir no solo mejores directores... sino que, además, necesitaríamos que tuvieran la autoridad necesaria para ser, realmente, directores de su centro educativo, con capacidad - y responsabilidad - para impulsar los cambios que se requieren.

La carta crecería, pero seguiría siendo insuficiente. ¿Cómo no agregar los temas de calidad y pertinencia? ¿Cómo no pedirle al Niño una educación en la que nuestras niñas y niños aprendan lo que es relevante, que lo aprendan bien, que lo aprendan oportunamente? Pero, claro, aprender toma esfuerzo, requiere disciplina; por lo que el Niño tendría que permitirnos, además, que nuestros estudiantes pudieran disfrutar con el esfuerzo de aprender, para que ese esfuerzo pudiera ser sostenido y sistemático. Más arte, más juego, más deporte, más convivencia podrían ayudar a esto... y, de paso, completarían una educación más rica: una educación para la vida. ¿Sí, Niño?

Pero cuando la carta va por aquí... es obvio que, aunque insuficiente, ya es demasiado lo que pido. Así que borro todo, todo, todo de mi lista y me concentro en una única cosa que, tal vez, sea suficiente para que lleguemos a tener todas las demás. Lo único que quiero pedirle al Niño es que haga desaparecer del MEP esa frasecita tan típica y frecuente: la del "mejor no se arriesgue"; que borre esa práctica de trabajar según el manual; que acabe con el miedo a salirse de las rutinas; que rompa los feudos y los celos; que acabe con las vivezas y los vivazos. En fin, solo le pido que nos haga entender que cada cosa que hagamos en el MEP tiene sentido si va más allá: si transgrede lo establecido, si reta la realidad... y, sobre todo, si se hace pensando en esos estudiantes de carne y hueso que dependen de nosotros y de ellos mismos. Entonces, subvirtiendo el sistema educativo, empezaríamos a tener, poco a poco, todo lo demás. ¡Eso pido!


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