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ILUSTRACIÓN MANUEL CANALES / PARA EL FINANCIERO

Hacia Arriba


Constantino Urcuyo

Veo el cráter y siento miedo, pero me equivoco porque sólo los humanos engendramos odio.

Fresca mañana de diciembre. Cielos despejados, livianos, de textura transparente. Nubes aisladas huyendo de los fríos del Norte. Vientos alisios que rompen impacientes con fuerza contra las cordilleras en su carrera apresurada hacia el Pacífico.

Inicio el ascenso, son las seis y media de una mañana de sábado. Poco tránsito, tan solo corredores y caminantes. En San Rafael de Oreamuno, me detengo en la feria del agricultor para comprar el periódico.

Continúo hasta el cruce de Pacayas y me enrumbo hacia el volcán, treinta kilómetros me esperan. Cot, Tierra Blanca, Potrero Cerrado pasan a mi lado. Tierras de negro profundo cultivadas una y otra vez, feraces, generosas, trabajadas con ahínco por campesinos que desde la colonia se aferran a sus entrañas para combatir la pobreza. Mujeres que caminan haciendo ejercicio y agricultores que ya se inclinan esforzados sobre el surco.

De pronto, el color de la tierra cambia, hay colores claros que revelan una historia de flujos piroclásticos y nubes ardientes oculta hoy y silenciada por una gama de verdes oscuros y tiernos. Pascuitas que llenan de blanco el paisaje, que luego acompañarán flores rojas de altura. Árboles con hojas casi blancas, brillantes, danzando ingrávidas al ritmo suave y revelador de la mañanita con la luminosidad de diciembre.

Rostros campesinos marcados por la altura y el viento. Algunos ojos azules y pelos "machos" junto a facciones de clara procedencia indígena me hablan de nuestro origen mestizo. Fincas bien cuidadas y escuelitas a ambos lados de la carretera. Casas de techo bajo para conservar el calor y hacer frente a la neblina y la lluvia.

Me llama la atención el Sanatorio Durán, en un pequeño valle, abandonado como testigo mudo de una enfermedad también ida y donde mi padre puso en práctica sus primeras armas como médico.

Campesinos con suetas sonríen a los turistas ofreciéndoles queso, paseos por los bosques y hospitalidad.

Me detengo y observo los arrayanes, pero súbitamente acapara mi atención la cordillera de Talamanca, enorme, masiva, teñida de azul marino, que se levanta desde el valle de Orosi. Más allá, San José, blanca., y a la distancia, cálido, el Golfo de Nicoya. Hacia el este brumoso, intuyo el Océano Atlántico. De inmediato, entre las nubes, surge agudo el pico del volcán Turrialba dormido, hermano gemelo del Irazú poderoso, creadores y creados por la maravilla geológica sobre la que vivimos; placas que chocan entre sí, bloque de Panamá que se entromete con la placa Caribe, desterrando el vulcanismo de la cordillera de Talamanca y dejándolo en el Valle Central para beneficio de la agricultura.

Llego al cráter y siento algo de miedo, pienso en la furia de erupciones que observé de niño, pero me equivoco. Nosotros somos los únicos capaces de ser furiosos, de engendrar el odio, el cráter profundo de aguas verdes habla de la vitalidad de nuestro planeta.

Hacia el norte, el Paso de la Palma despejado, la selva tupida y los restos de cráteres extinguidos se ofrecen a mis ojos.

El paisaje lunar del cráter todavía impresiona, pero atraen más mi atención las "sombrillas de pobre", testimoniando el misterio de la biosfera, el ADN intrépido que coloniza los más íntimos rincones de lo inorgánico y genera la gran maravilla: el sujeto humano que se piensa y se siente a sí mismo y al mundo que lo rodea.


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