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Presidencia como encargo gerencial


Álvaro Cedeño
Para El Financiero

El nuevo presidente habrá de saber que el cambio ni ocurre ni se decreta, sino que se gestiona

La agenda del presidente es muy demandante. Si pretende ser todo para todos, terminará consumido en el activismo. Tendrá que escoger, como dice Drucker, a qué le dará prioridad e, inevitablemente, a qué no le dedicará tiempo ni energía. Será eficaz, si logra decodificar cuáles teclas tocar. La administración pública, frondosa, confortable, con sus agendas propias, sabe cómo prodigar entierros de primera clase. Dicen que Truman, presidente saliente, decía de su sucesor, Eisenhower: Pobre Ike. En el ejército, daba una orden y se cumplía. En la Presidencia, dará una orden y no pasará nada.

A través de una buena delegación, deberá convertir una hora de su trabajo en muchas horas de impacto. Cinco o seis funcionarios forman el corazón de un gobierno. Hay que integrarlos en un equipo y sacarles el mayor provecho. Y evitar que se conviertan en una "argolla", pues ellas siempre comprometen la eficacia.

Ha de mejorar el significado del consejo de gobierno. ¿Sirve para coordinar, para consensuar, para gobernar colectivamente o para autoconvencerse de lo perversos que son los opositores? Y sin duda deberá revisar la estructura y eficiencia del grupo de casa presidencial. ¿Le dará el carácter de grupo de alto desempeño o se conformará con un funcionamiento palaciego, lento, moroso, irreal?

Las personas que lo rodeen van a tener una tendencia a adularlo. Necesita entonces voces críticas. Leer la prensa que no le es incondicional. Y reclutar "abogados del diablo" que le generen muchas preguntas del tipo "¿Qué pasaría si .?"

Los cien días

Las elecciones, como ritual, ungen al presidente electo. Las primeras semanas después de la elección son mágicas. A partir de la toma de posesión, los óleos comienzan a desvanecerse. Algunos dicen que duran 100 días. Muy temprano en ese periodo, deberá realizar algunos gestos simbólicos que subrayen sus aspiraciones, su estilo, su agenda. No se trata de gestos demagógicos. Se trata de simbolizar los rasgos básicos de lo que será su gobierno: qué actitud tiene ante el cambio; cuál es su posición frente a la corrupción; cómo concibe la función del Estado; en qué piensa que no puede fallarle al pueblo; si logra que podrá descansar en paz, no dentro de cuatro años, sino cuando ya sea historia. Serán útiles un claro mapa estratégico y una tabla balanceada de indicadores de desempeño.

Visión

Debe tener una concepción sensata del país. No verlo como una fábrica ni como una finca sino entender las complejidades de esta sociedad, en este momento histórico, en este punto de la evolución de la civilización, con sus oportunidades y sus debilidades.

Su aporte principal es su visión. Habrá de formular y difundir una visión -un sueño realizable- muy entusiasmante. Esto será parte de su impronta, la que recordarán los futuros habitantes como ahora recordamos los golpes de timón de don Mauro, don Pepe o Calderón Guardia.

Liderazgo

Su liderazgo habrá de ser desarrollante. Empoderar y responsabilizar a los habitantes. Y convocarlos a ejercer su libertad y su racionalidad y no a ser conducidos como rebaño.

Habrá de ser un docente, un desarrollador. Su trabajo estará bien realizado si al final de su mandato los habitantes son cívicamente más maduros, mejores actores en su mundo.

Ejerce su mandato en un periodo de transición, ante unas circunstancias que plantean exigencias intensas de cambio. Habrá de saber que el cambio ni ocurre ni se decreta, sino que se gestiona. Que el camino cuesta arriba en materia de cambio es pretender empujarlo. Que es preferible pulsar sabiamente los incentivos para que se cree demanda para el cambio. Y entre todas las opciones de cambio deberá apoyar las que produzcan un beneficio mayor, sean sostenibles y generen más cambio.

Ética

Viene a presidir un país que con aparente despreocupación y superficialidad, disfraza los dolores y desilusiones por los pecados públicos que todos conocemos. Al cual le vendrían bien unos años de honestidad indiscutible, firme, sin estridencias, que lo saquen de la creencia nihilista de que todo es corrupción.

Ha de reconocer los retos y límites de su cargo. Los constitucionales y los trascendentes, los que diferencian a un líder de un manipulador, a un conductor prudente de un presidente temerario, a uno que tiene vocación de servicio de otro que tiene ocasión de servirse.

Los autores están de acuerdo en que la piedra de toque del liderazgo es el carácter, la integridad. Que como dice Bennis, se conozca tanto y se acepte a sí mismo tan plenamente en sus fortalezas y debilidades, que no tenga que dedicar esfuerzos a subrayar unas y ocultar otras, y que pueda simplemente expresarse a sí mismo con autenticidad.


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