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Zona Franca: La caída de Hermes


José David Guevara Muñoz
Jefe de Redacción

El título de esta columna es el mismo de un comentario que publiqué el 7 de junio pasado en el boletín informativo que cada tarde el enviamos -vía Internet- a suscriptores y lectores de El Financiero. Algunas personas me sugirieron que lo publicara también en este espacio; así lo hago y agrego otro artículo breve, relacionado con el primero.

De acuerdo con la mitología griega, Hermes gozaba de una posición privilegiada en el Olimpo: era el mensajero de los dioses.

Como tal, actuaba siempre según la voluntad de Zeus; por ejemplo, fue quien le reveló a Odiseo la planta mágica que lo protegió contra los hechizos de Circe en la isla Eea, y quien le transmitió a Calipso la orden de dejar partir a ese héroe de la isla de Ogigia.

Sin embargo -y esto pertenece a la mitología tica-, un día Hermes se cansó de ser el heraldo de los dioses, y en señal de su rompimiento definitivo con ellos trocó su varita de oro -con la que dormía o despertaba a los mortales- por un puro que le permite ocultar sus actos tras cortinas de humo. Luego, creó su propio Olimpo, en el cual acoge como inquilinos solo a quienes le rinden pleitesía y se postran ante él a cambio de favores y beneficios como viajar gratis, y a costas de otros, al Mundial de Fútbol.

Como castigo, Zeus lo condenó a perder sus atributos divinos y a tener un rostro de arcilla para que recuerde siempre que no es más que polvo de la tierra. Desde entonces se llama Hermes Cara de Barro.

Fernando Beltrán es un poeta español de 50 años de edad que desde hace 14 años se gana la vida inventando nombres para vinos, tiendas, restaurantes, bares, colecciones de libros, ONG; en fin, para todo lo que lo contraten a través de su empresa El nombre de las cosas.

Estuve a punto de escribirle para preguntarle cómo denominaría él la siguiente situación hipotética: un grupo de personas que le venden su lealtad a un tipo que se las compra con un viaje a un mundial de fútbol pagado con el dinero de otros. Al final no le escribí, pues adiviné la respuesta de Beltrán: "Eso no tiene nombre".


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