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La retina postal que nos devuelve al ayer Rodolfo González Ulloa Don Álvaro Castro colecciona estampillas desde los siete años, y su afición lo llevó a acumular unas 3.000 tarjetas postales con fotografías invaluables de la Costa Rica del siglo XX. Su hermano y cómplice, Carlos Castro, le ayudó a preparar un libro que reúne las mejores tarjetas que ha rescatado su hermano. Ya están preparando una segunda edición que saldría en diciembre.
"El único retoque que les hicimos fue de sombras y luces. No modificamos la textura o los daños, para mantener la autenticidad de las fotografías", comentó. El trabajo de preparáción del libro les demostró la alta calidad de los fotógrafos que capturaron con sus lentes el paisaje de principios del siglo pasado. "Las fotos se pueden ampliar más del 200% sin perder resolución, y al hacerlo se descubren hasta los rótulos de las calles lejanas con el número de calle o avenida", dijo don Carlos sorprendido. Para su hermano, don Álvaro, una de las mayores riquezas de su colección es descubrir la manera en que escribían los antepasados. "Uno se sorprende del tono de lo escrito en algunas de estas tarjetas postales, algunas bastante atrevidas para la época", dijo. Relató, por ejemplo, el caso de una mujer que le escribió a su galán: "Yo sé que las heredianas creen que son más lindas que las cartagas, pero yo le voy a demostrar que eso no es así".
En otros casos, las tarjetas cumplían la función que hoy tendría una llamada telefónica. Una tarjeta enviada de Naranjo a San Ramón dice: "Espero llegar el fin de semana, mi papá tratará de conseguir otro caballo. Reserven unos géneros para traerle a mamá". Según don Álvaro, es sorprendente que, según las fechas de los matasellos, las tarjetas entre Costa Rica y el exterior duraban 18 días en llegar a su destino. "Ahora, que hay aviones, a veces tardan más en llegar", dijo con asombro. El libro recupera algunas frases escritas en las tarjetas, aunque el principal interés de la publicación son las imágenes. El terremoto de Cartago, Puerto Limón, Puntarenas, San José centro, con un Teatro Nacional rodeado de casas de adobe, son algunos de los tesoros gráficos que ahora están disponibles para los ojos del siglo XXI. |
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