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Clase Ejecutiva/Hilar Delgado: La incomodidad de ser ateo


Con Ana Istarú

Ser ateo, en un país como el nuestro, no resulta tan recomendable. Quien tenga el valor de reconocer tan oprobiosa condición en público sin tan siquiera disfrazarse de agnóstico, inspira la misma desconfianza que el portador de alguna de las sexualmente transmisibles.

Sucede que los creyentes, que por estos lares son mayoría, (me refiero al planeta tierra), tienen la pésima costumbre de suponer que quien carece de moral religiosa, carece de moral y punto. Que ellos poseen el monopolio de la ética, y que si algún mortal osa no creer en la existencia de Dios y no vive, por lo tanto, maniatado por el santo temor al diablo, hará exactamente lo que harían ellos libres de la amenaza de un purgatorio: vivir en el desenfreno moral y corporal.

Pero esto no necesariamente es cierto. En defensa del escuálido gremio de los descreídos debo decir que no todo ateo es un bellaco. De hecho, algunos intentamos hacer el bien, o lo que imaginamos es el bien, no por recibir la etérea recompensa de un paraíso ni por rehuir la chamusquina del infierno, sino simplemente porque nos da la gana. Dicho en forma menos grosera, no por amor a Dios, sino por amor al ser humano. Y como para ceñirnos a nuestro propio y personal código moral no median ni confite ni nalgada algunos, podríamos hasta jactarnos de poseer una cierta superioridad espiritual.

Pero no llega a tanto mi candidez. Conozco a ateos muy brutos y a creyentes muy sabios. La despreocupada etapa de nuestra vida en la que el mundo era simple y en blanco y negro, en la que los buenos estaban muy obviamente diferenciados de los malos, terminó cuando por fin tropezamos contra el technicolor de una realidad compleja y con matices, en la que nadie es enteramente bueno, ni enteramente malo, ni siempre el mismo. Con la madurez, creo que se le llama.

En todo caso y a pesar de que considero poco serio pretender que una persona, por demás invisible, sea al mismo tiempo tres (Padre, Hijo y... no, Madre no, como exigiría la lógica, sino ¡una palomita!), no intentaría arrebatarle a ningún vecino su fe, sobre todo si esta le sirve para ser buen padre, dejar el alcohol, sobrellevar una pena moral, no robar, no matar, no mentir, ni pegarle a su mujer.

Si bien los ateos gozamos de ciertos privilegios (nadie nos da sermones, nos levantamos tarde los domingos y el viernes santo podemos comer chateaubriand en salsa bernesa), padecemos en cambio de ciertas desventajas.

La primera de ellas: el espinoso tema ese de la muerte. Un cristiano que se muere, si no es franca carne de averno, es aspirante a ángel. Un ateo no es más que el picnic de los gusanos. Un cristiano tiene dos vidas: esta terrena y de mala calidad, y otra perfecta y eterna que si bien pinta aburrida, no pinta penosa. Nosotros, los ateos, solo tenemos estos quince minutos absurdos que se pasan más rápido que un caramelo de leche, que te quitan cuando por fin te empezaban a gustar, y en los que debés dejar botados a hijos, nietos, excónyuges y demás familiares. Qué chiste.

En fin, siempre me apunto mal.

Todo esto para concluir en que los ateos debemos ser muy cuidadosos. Nuestra única defensa ante la muerte, propia o la de un ser querido, es no tener nada de qué arrepentirse. Haber amado, haber construido, haber dado lo mejor. No tener nada grave que reprocharse. Lo que curiosamente y bien mirado, no tendría por qué parecerle mal a esa supuesta voluntad creadora que pintan como varón caucásico de la tercera edad, ni dista mucho de la moral de los cristianos.


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