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File personal: Fútbol, cocina e identidades


Marjorie Ross
Colaboradora

Estoy de acuerdo con quienes sostienen que el futbol puede ser un gran unificador nacional, sobre todo en nuestro país en esta época ayuna de liderazgos, de grandes causas y de inspiradas lealtades.

Pero eso no significa que aceptar esa realidad banalice el efecto de la cocina en las identidades nacionales.

Hay un precableado -en parte de orden genético, en parte cultural- en la memoria de la tribu, un sistema alimentario que va mucho más allá del gallopinto, y que nos unifica más allá del bolsillo y la escolaridad.

La importancia de la cocina en el ámbito de la identidad es tal que, como he dicho antes, las diferencias pueden llegar a convertirse en definitorias de cómo nos ven los otros, y que originan algunos de los sobrenombres estereotípicos nacionales: "comedores de ranas" para los franceses; "frijoleros" para los de este lado del Río Grande; "macaroni" para los italianos. O el hecho de que en este mundial salchichas y cerveza sean sinónimo de "alemán".

Esto marca la diferencia entre las prácticas culinarias y otras destrezas humanas. Se trata de una compleja herramienta de construcción del ser personal y social, una extensión inseparable de nuestra identidad

Cuando se ha criticado a la Sele porque han llevado arroz y frijoles a tierras lejanas, se comete un error. No se trata solo de un asunto digestivo, de comer aquello a lo que se está acostumbrado, para no enfermarse. Tampoco es "una polada". Es conocido que la comida propia sirve como mecanismo de seguridad en territorios culturalmente desconocidos y frente a retos duros; es la misma razón que hay detrás de que las recetas tradicionales sean elementos importantes al instalarse en las nuevas ciudades y sirven de anclaje en la primera etapa de adaptación.

Por eso, diversos estudios han mostrado que desapegarnos de los platos que identificamos con nuestro "yo", con nuestra infancia, es lento y traumático.

Quienes están lejos, buscan consuelo para el mal de patria y la incertidumbre de la competencia en la repetición de los platillos que los vinculan a la patria. Para ellos, la cocina propia es esencial fortalecer el espíritu de grupo; para "comulgar" con los aromas de la patria.

Además, a través de la repetición de la propia y específica danza del comer, la comida en convivencia, -frente a la pantalla del Mundial, ¿por qué no?-, puede apuntalar una deseable solidaridad y conciencia nacionales, al mantener los elementos de la identidad sobre la superficie de la vida cotidiana, como un constante y vivificante recordatorio de quiénes somos.


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