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Ventana Digital: Ambiente, hambre y sed


Rodrigo Gámez
Presidente, INBio

Los costarricenses no siempre nos percatamos del bienestar que como sociedad disfrutamos, gracias a la riqueza de recursos que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición.

Si casi una cuarta parte de nuestra población vive en condiciones de pobreza y hambre, con limitaciones de cantidad y calidad de agua, es por razones de carácter político, administrativo y de naturaleza social, y no por falta de recursos materiales y naturales.

Debería sonrojarnos que esta situación exista en Costa Rica, cuando informes de la Organización de Naciones Unidas nos señalan que hay más de 2.000 millones de personas que viven en las regiones más secas del planeta, sufriendo mucho más que el resto de la población mundial de problemas de desnutrición, mortalidad infantil y enfermedades, en su mayoría relacionadas con el agua contaminada o su creciente escasez.

Regiones como el sur del desierto del Sahara en África se cuentan entre las más vulnerables y amenazadas por el impacto que los humanos venimos provocando en nuestro entorno natural; ahí hay cada vez menos agua y menos alimentos.

En esas regiones, el recurso agua es cada vez más escaso porque está siendo explotado irracionalmente: se extrae de ríos y acuíferos todo lo que se puede, cuando no hay ya suficiente lluvia para recargarlos.

Esto se asocia a la deforestación, y a la desertificación resultantes.

Al mismo tiempo, la población aumenta rápidamente, incrementando la demanda y escasez de recursos.

El resultado es que la pobreza y la degradación de los recursos naturales en esos sitios se convierten en una especie de remolino que jala todo hacia abajo.

Estas comunidades tienen mucho menos opciones de conservar sus recursos naturales, lo cual las pone en un callejón sin salida, que conduce a un mayor deterioro de sus tierras y a mayor pobreza.

El problema de la degradación de tierras a su peligrosa desertificación radica en que es tanto una causa como un resultado de la pobreza.

Las prácticas agrícolas ineficientes causan la erosión del suelo y su pérdida de humedad, lo que hace más difícil aún la producción y, por ende, la sobrevivencia de las poblaciones. Peor aún, las hace más vulnerables a los fenómenos extremos de sequías, avalanchas e inundaciones.

Y esto está sucediendo no sólo en África sino en nuestro continente, en países como Haití y en algunas regiones de Centroamérica.

Debería esta situación constituir una seria llamada de atención para nosotros sobre la forma en que estamos manejando nuestras riquezas naturales, especialmente los suelos y el agua.


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