| Archivo | Indicadores | Lun 22 may, 2006 - Dom 28 may, 2006 | Escríbanos |
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Vida y milagros del Café Rodolfo González Ulloa Hay candelas que unos le prenden a Dios y otros al diablo. Por eso no es extraño que mientras el café se popularizaba como remedio contra las borracheras, otros le extraían el espíritu poniendo a fermentar su pulpa. Todo esto bajo las narices de la Inquisición, porque la bebida llegó a Centroamérica a finales del siglo XVIII, en plena Colonia, procedente de La Habana y otras regiones del Caribe, según nos cuenta el historiador Mario Samper. Pero pasaron muchos años para que la infusión, en su estado más inofensivo, desbancara al aromático chocolate servido en jícara, bebida que servían los señorones en Cartago, cada vez que se reunían para planear un golpe de estado. Tampoco fue fácil serrucharle el piso al aguadulce, que ya tenía buen contubernio con las tortillas, la lengua de vaca, los huevos y jocotes en las mesas de los campesinos. Dice Patricia Vega, en su libro Con sabor a tertulia, historia del consumo de café en Costa Rica, que tuvo que derrumbarse el ciclo cacaotero y aumentar el precio del dulce para que las familias prominentes contemplaran cómo su bebida, tan europea como sus aspiraciones, se colaba en las cocinas de leña de los peones. Esto ocurrió poco después de 1810. Ya para el período de 1820 a 1840 las familias del Valle Central empezaron a sembrar café en los patios de sus casas, para el consumo interno (molido a pilón) y, si quedaba un poco, los vendían en los mercados de la plaza. El primer envío externo fue a Panamá, en 1820. Entre 1840 y 1860 se dio la expansión de los cultivos hacia el oeste del Valle Central, específicamente la ruta hacia Puntarenas. Nacieron así los pueblos de San Mateo y Atenas, para dar posada y asistir a las caravanas de carretas que llevaban mercadería al puerto. Con la construcción del ferrocarril al Atlántico, el cultivo se extendió hacia el este de Costa Rica, pues se le considera "una bebida curativa y preventiva para evitar males, fiebres, además de estimular a los braceros y mantenerlos atentos en su trabajo", comenta Vega en su libro. Hoy en día, el percolador no falta en la mayoría de las oficinas, signo de que hay modos de pensar que se mantienen a lo largo del tiempo, o quizás la necesidad de espantar uno que otro diablillo espirituoso.
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