| Archivo | Indicadores | Lun 6 nov, 2006 - Dom 12 nov, 2006 | Escríbanos |
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Entre Paréntesis: Perdón pero ¡qué pereza! Diana Lucía Salas Víquez Periodista
Para cuidar la salud mental de los recién graduados todas las universidades deberían incorporar el curso: salga de la burbuja y acomódese. Este aseguraría un empleo estable y la supervivencia en el mundo laboral. Eso sí, allá usted si sobrevivir se convierte en un problema. Ahí la cosa se complica porque para variar, lo “correcto” no contempló a los desadaptados. ¿Qué pasaría si en una empresa usted no supiera los puestos de cada uno de los trabajadores? Usted llega y simplemente le explican lo que tiene que hacer, a quién acudir, a quién consultar porque esta propuesta también implica orden y acatamiento. Qué divertido si por primera vez en la vida usted respetara a todos por lo que son y no estableciera límites ridículos entre uno y otro solo porque aquel tiene una oficina y una computadora tres veces más grande que la suya. Las conversaciones fluirían con toda naturalidad al igual que cuando usted llega a la universidad y no se da cuenta de quién viene de un colegio con mensualidad de US$800 o quien fue cuadro de honor en todos los desfiles. Eso sí, en las aulas universitarias usted se entera después de una pequeña discusión con el profesor de la afinidad con determinada gente y de aquellas mentes brillantes y dignas de respeto. En las indicaciones de su nuevo empleo le entregarían una hoja con la descripción de lo sabroso que resulta sorprenderse por las cosas que a usted le parezcan fantásticas: pregunte lo que quiera, no tiene por qué saberlo todo. Si algo le parece increíble gríteselo al mundo y dentro de unos años ríase de ello, a quien nada le sorprende ¿qué puede aportar?
De esa forma quizás reventaría el hielo que evita en ocasiones la discusión y el intercambio de ideas… ¿Por qué de repente todo el mundo tiene miedo de discutir, miedo a ese proceso tan sano y necesario en la U? Es contradictorio, pero después de concluir una carrera, la mayoría continúa con otra, sin embargo se guardan todos los momentos suculentos de la U para llegar a la oficina y continuar igual.
Y que no me vengan a decir que se trata de disparates de un alma joven y enérgica que cree tener el mundo en sus manos. Yo lo tengo y no pretendo sobrevivirlo. Qué delicia reírse de errar y darse cuenta luego de lo pequeño que fue. Qué exquisito percibir que alguien llora y ofrecerle una mano. Qué gustoso cargar la buena vibra por todos lados y repartir un poco. Qué plácido no saber algo y sentir emoción cuando al fin se descubre… Si las cosas no fueran así: perdón pero ¡qué pereza! |
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