| Archivo | Indicadores | Lun 9 abr, 2007 - Dom 15 abr, 2007 | Escríbanos |
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El ambiente de Setena Las buenas intenciones, sin eficacia ni eficiencia institucionales, se convierten en evasión y en trampa del progreso. Este comentario verifica, punto por punto, lo dicho en el editorial publicado la semana pasada: “La parálisis en la reforma del Estado”. Dicho editorial se inspiró en la recomendación de la Contraloría General de la República sobre el cierre o reestructuración inmediata del Instituto de Desarrollo Agrario (IDA), que, asimismo, dio lugar a un análisis sobre el vía crucis de la reforma del Estado en nuestro país. El símil del vía crucis, con todo, parece inadecuado, pues, en este pasaje bíblico, a diferencia de la reforma del Estado, se avanzó hasta la consumación. Nuestra reforma, en cambio, está bloqueada desde hace 25 años. ¿Por qué? Por el nadadito de perro, aplicado en la práctica cotidiana, según una feliz metáfora de don Eduardo Lizano, y, en el orden mental, por la filosofía de las buenas intenciones, enunciada en la introducción de nuestra información de la anterior edición sobre la Secretaría Técnica Nacional Ambiental (Setena). Las buenas intenciones pueden justificar las acciones humanas, en el campo ético, si los medios son apropiados y el objeto del acto es bueno, pero no sirven, por sí solas, para ponerse en marcha, a fin de lograr la cristalización de un proyecto o el logro de un propósito. Más bien, las buenas intenciones aisladas, es decir, sin el apoyo de la voluntad, sin determinación, y carentes de los medios más eficaces para su cumplimiento, se convierten en una evasión y, como tal, en un engaño. De ellas, como de las promesas, está lleno el camino de los infiernos. ¿Qué mejor intención que una entidad pública creada para defender el ambiente de los acosos de los depredadores de la naturaleza o, mejor, como aliada del progreso material con sentido humano y comunitario? Setena no lo ha logrado y, por el contrario, las buenas intenciones se han ahogado en la impotencia y, de la otra parte, en el abuso. La actual administración, consciente de la tortura de la tramitomanía en el Estado, decidió poner manos a la obra y salvarla. Sin embargo, el mal es tan profundo y, además, tan mancomunado con la enfermedad total del Estado, que, en estos 11 meses, Setena no ha podido comenzar a vencer su parálisis, pese a que su presupuesto ha aumentado en un 500% en el 2007. Esta relación entre la parte, necesitada de oxígeno, y el todo enfermo explica por qué el dinero no ha fructificado. La lentitud en el proceso de compras y en las licitaciones ha nulificado todo intento, aun la compra del equipo para actualizar 500 expedientes pendientes o para trasladarse a un edificio más amplio y cómodo. El perfecto círculo vicioso. Los problemas la desbordan. Debe pagar las deudas pendientes con los empleados y solicitar un presupuesto extraordinario para cubrir 40 plazas. Además, su normativa legal es obsoleta. De 81 cantones solo 35 cuentan con planes reguladores municipales, lo que desahogaría las tareas de Setena. Esta carencia, entonces, la abruma. En estas condiciones, es obvio que esta entidad pública se encuentra indefensa ante los cálculos de no pocos inversionistas y promotores, con otras intenciones, como lo han demostrado muchos reportajes de la prensa. Esta maraña administrativa da como resultado, además de la inoperancia y la desnaturalización de sus propósitos originales, el descrédito ante los habitantes y ante los inversionistas. El viceministro de la Presidencia, Marco Vargas, la califica como “una entidad colapsada y un cuello de botella para el desarrollo”. Se teme, por ello, que, en estas circunstancias, si no se da en el blanco, la flexibilización de los trámites afecte, en aras de la eficacia y la eficiencia, la esencia misma de Setena. La solución o cura de este enfermo agónico no puede ser inmediata ni integral, pero tampoco, como en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), un cliente más en las listas de espera. Es preciso, entonces, echar mano de la razón y de la experiencia, las cuales indican claramente que se ha de partir de ideas claras sobre el propósito de esta entidad para que no sea víctima de la burocracia o de la ficción ni del radicalismo ambiental ideológico, y, a la vez, atacar sus problemas conforme a una escala de prioridades, pero con determinación y continuidad. Setena abarca toda la geografía del país, en lo macro y en el detalle, en uno de los campos más sensibles del país, inspirador del espíritu creativo de las personas, pero también expuesto a toda clase de artimañas. Si la inseguridad ciudadana traiciona nuestra devoción a la paz, el funcionamiento de Setena descolora y deshilacha nuestra bandera ecológica. Urge ponerles razón, voluntad, pies y manos a las buenas intenciones. |
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