Opinión
Una prueba para la paz y la civilidad
Fernando Leal
El referéndum que se aproxima nos convoca a decidir entre la aprobación o la desaprobación del tratado de libre comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (Cafta), pero, además de los votos por estos términos opuestos, caben el voto en blanco y el voto nulo –aparte de la negación a la convocatoria mediante la abstención–.
Todos los votos emitidos cuentan con respecto al porcentaje requerido para una decisión vinculante, pero una elevada abstención podría anular la consulta si ningún adversario alcanza ese porcentaje.
Esta eventualidad nos devolvería a la difícil situación en que parecía que las discusiones amagaban convertirse en una confrontación en las calles, dificultad que obligó al recurso del referéndum.
“Se corre el riesgo de que la agresividad verbal crezca y pueda ofrecer campo a la amenaza física”.
Doctor en filosofía
Profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR)
La lucha que desde hace años se ha librado alrededor de este tratado, desde sus inicios manifestó actitudes contrapuestas cuyo apasionamiento creciente se alejaba cada vez más de los valores de racionalidad y prudencia.
La estructura y el tecnicismo del tratado, así como los pasos laberínticos de su discusión y aprobación, no consiguieron sino agudizar ese alejamiento, algo que precisamente separó la decisión sobre su suerte de las manos de una Asamblea Legislativa, afectada por el descrédito.
Puede observarse que, a medida que ha pasado un tiempo recargado de tensiones políticas, el antagonismo se ha convertido en una disputa cada vez más proclive a las exageraciones ridículas, los argumentos artificiosos y el recurso al temor, disposición agravada por la intervención internacional –a favor y en contra– respecto del resultado del referéndum nacional.
Sobre todo cuando los líderes contendientes no han logrado exponer sus razones con suficiente fundamento y claridad, y por contrapartida acuden a la manipulación de las emociones de sus seguidores y adversarios, la tensión generada por el antagonismo ideológico y los fuertes intereses cruzados puede rebasar los límites de la invectiva verbal.
En el caso del proceso y discusión de este tratado, el tiempo transcurrido no ha provisto mayor claridad, sino más confusión y oscuridad a las interpretaciones.
Por lo pronto, la disputa no ha conducido a una generalización de la agresividad verbal, que actualmente se encuentra circunscrita a unos cuantos focos fanáticos. Pero conforme el proceso evidencie cada vez más su carácter fuertemente antagónico-político, se corre el riesgo de que la agresividad verbal crezca y pueda ofrecer campo a la amenaza física, a pesar o en razón de que los principales actores son líderes reconocidos de cámaras, gremios, instituciones, organizaciones y partidos enemigos, que se comportan como si su porvenir ha de jugarse junto a la suerte del tratado.
En mi criterio, frente a tal antagonismo el grueso del pueblo se encuentra más unido por sus necesidades que separado por convencimientos ajenos a su vida, puesto que la “polarización” en la disputa no parece cubrir sino a capas del activismo político con muy definidos intereses particulares. Pero en tal contexto, la civilidad de los costarricenses y su paz acendrada se ponen a prueba, pues ha tenerse en cuenta que la cultura nacional desde hace años viene siendo muy afectada por la cruda indiferencia de los diversos gobiernos y partidos políticos a las duras necesidades de la población.
Todos ellos aceptan que el Cafta no es ninguna panacea, pero se han empeñado en una larga confrontación que ha consumido mucho dinero, tiempo y energía, además de la irreparable pérdida de valores, educación y desarrollo humano causada entretanto por la irresponsable y peligrosa desatención a los agudos problemas nacionales.



