Opinión
Implicaciones de la crisis del sector hipotecario en EE.UU.
José Luis Arce
economista de Cefsa
La caída del sector inmobiliario en Estados Unidos y del segmento de la industria hipotecaria, dedicada a los préstamos a deudores de baja calidad crediticia podría llevar a los mercados de capital mundiales a una crisis.
Luego de un largo período en donde la abundante liquidez internacional y el frenesí de los operadores e inversionistas institucionales en búsqueda de retornos más elevados y prestando poca atención a los riesgos asociados con nuevos y sofisticados instrumentos financieros, alimentaron excesos que se han manifestado en los precios de ciertos activos financieros y en la afluencia de capital hacia mercados emergentes y economías en desarrollo.
En este marco, la turbulencia que actualmente experimentan los mercados financieros internacionales – aunque puede ser quizás demasiado temprano para determinar efectos concretos – sin duda puede tener efectos adversos sobre la economía costarricense a través de por lo menos dos rutas.
La primera de ellas es el canal real o comercial. La crisis del sector hipotecario de alto riesgo y su extensión a otros segmentos del sistema financiero – como por ejemplo, los bancos comerciales y de inversión, los fondos de cobertura o los mercados de derivados – ha llevado a una revaluación del riesgo de crédito en los mercados, que conduce a un deterioro de las condiciones de acceso al financiamiento para las empresas, pero en especial, para los consumidores estadounidenses.
En estas circunstancias, en donde los costos financieros de la deuda se elevan y además paralelamente se reduce la corriente de crédito hacia el sector privado, el gasto interno – consumo e inversión – en los Estados Unidos se desaceleraría y con él, el crecimiento económico.
El impacto de la crisis en los mercados de crédito sobre el gasto de consumo de los hogares estadounidenses es particularmente relevante, pues los ajustes al alza en los tipos de interés que pagan los deudores y la menor disponibilidad de financiamiento se traducirían en una ralentización del gasto de las familias, justamente el componente de la demanda interna cuyo dinamismo, alimentado por las laxas condiciones crediticias y el aumento en los precios de los activos no financieros como las residencias, contribuyó a mitigar los efectos y a reducir la duración de la última recesión en la economía estadounidense (2000-2002).
Para las economías abiertas al comercio y que mantienen estrechos vínculos con los Estados Unidos, la desaceleración del gasto interno en ese país es una mala noticia, que implicaría una menor demanda por los productos y los servicios que se exportan a ese mercado y, por lo tanto, podría conducir a menores tasas de crecimiento del ingreso y de la producción.
La segunda de las rutas por la que la turbulencia financiera internacional puede afectar a los mercados emergentes y a las economías en desarrollo es a través de los flujos de capital.
En los últimos tres años, las corrientes de capital – inversión directa, movimientos financieros y operaciones bancarias – hacia los mercados emergentes y las economías en desarrollo llegaron, nuevamente, a niveles sin precedentes.
La abundante liquidez internacional, los bajos rendimientos en los mercados avanzados, la mayor integración de las economías en desarrollo a los mercados internacionales y un mayor apetito por el riesgo de los inversionistas institucionales internacionales condujo a un importante y creciente flujo de recursos hacia mercados emergentes como México o Brasil o incluso hacia economías en desarrollo como las centroamericanas.
Ha sido cada vez más común, en los últimos años, que inversores internacionales mantengan en sus portafolios activos financieros emitidos por gobiernos o empresas de economías en desarrollo, incluso denominados en monedas locales.
Es más, en los últimos años ha sido incluso común que monedas exóticas – como el colón costarricense – formen parte de portafolios de inversionistas en los mercados desarrollados.
La turbulencia que se ha observado en los mercados internacionales en las últimas semanas tiene evidentemente el potencial de conducir a un ajuste en las percepciones de riesgo de los inversionistas internacionales que, conjuntamente con los elevados niveles de apalancamiento en sus operaciones, lleve a que las abundantes corrientes de recursos financieros que han fluido intensamente a los mercados en desarrollo en los últimos años tiendan a secarse y, por lo tanto, se deterioren las condiciones de acceso al crédito externo para países como Costa Rica.
La posibilidad de una “parada repentina” en las corrientes de recursos financieros hacia las economías en desarrollo evidentemente tendría efectos en los sistemas financieros locales, especialmente, en la forma de ajustes importantes en los precios de los activos financieros en esos mercados, incluyendo, claro está sus monedas.
El resultado, al final del día, sería una mayor restricción crediticia y de liquidez en las economías en desarrollo, que se manifestaría en una combinación de mayores tasas de interés reales o de depreciación de las monedas locales, con sus consecuentes efectos sobre el crecimiento económico y los precios internos.
Debe reconocerse; sin embargo, que hoy los mercados emergentes y las economías en desarrollo lucen mucho mejores fundamentos macroeconómicos que los mostrados en episodios de crisis similares en el pasado.
En especial, la mayoría han adoptado esquemas cambiarios flexibles y sobre todo, el sector público en muchas de ellas ha realizado ajustes intensos que han reducido en forma apreciable sus requerimientos de financiamiento.
Sin embargo, paralelamente con la reducción de los desequilibrios y del endeudamiento en el sector público, el privado – en medio de un período de expansión sin precedentes – y favorecido por las bajas tasas de interés reales, ha aumentado sus niveles de endeudamiento en forma considerable, lo que evidentemente es una vulnerabilidad.
Lo que ha acontecido recientemente en los mercados de crédito internacional tiene claramente el potencial de conducirnos a una nueva crisis financiera internacional; hay razones de sobra para estar expectantes.


