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EDITORIAL

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CON-TACTO


Yanancy Noguera C.
Directora

Mantener la disciplina fiscal

En los últimos 11 años, el déficit fiscal –Gobierno Central y demás instituciones– ha sido de 4% del PIB, en promedio.

Nadie puede atreverse a decir que ha sido un déficit bajo pero sí se puede coincidir en que todos los ministros y viceministros responsables del manejo de los ingresos y gastos en ese periodo han sido bastante consistentes en sus acciones para lograr los mejores resultados.

A eso lo han llamado disciplina fiscal.

Al analizar las cifras, hay que reconocer que en ese mismo lapso, el faltante que reporta solo el Gobierno Central (ministerios, básicamente), ha disminuido desde niveles de 5,5% en 1994 a un 2% esperado para el año pasado.

Como parte de las acciones de los titulares de Hacienda, se ha procurado generar superávit primario, es decir, que los ingresos provenientes del pago de impuestos puedan cubrir todos los gastos regulares, excluyendo el servicio de la deuda pública.

El año pasado este superávit rondaría el 2,4%, lo que significaría el mejor resultado desde 1986.

Amparados a esas buenas cifras (tomando el contexto ya descrito) ya anunciaron, primero el Ministro de Hacienda, y luego el Presidente de la República, que la inversión pública tan ansiada y requerida en infraestructura así como el gasto social (en caso de que no se aprueben los nuevos impuestos) se financiará con nueva deuda.

Confían nuestras autoridades en que la economía mantendrá este año un buen ritmo de crecimiento –no menos de 5%– y que eso permitirá mantener la relación deuda-PIB, otro indicador tradicionalmente muy vigilado. Y además pareciera que no temen que se pierda parte de lo ganado con el superávit primario y que este disminuya como resultado de los mayores gastos.

En principio, los argumentos suenan bien, sobre todo porque nuestra infraestructura ya no aguanta tanto recorte de inversión, y todos esperamos que mejore la educación y recuperemos seguridad.

Pero el principio general de la disciplina fiscal no se puede perder. Los que mejor entienden del tema no perdonarían al actual ministro una pérdida de control. Y a futuro, los costos los sufriríamos todos.


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