| Archivo | Indicadores | Lun 22 ene, 2007 - Dom 28 ene, 2007 | Escríbanos |
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Don Luigi Mainieri teje con la voz los hilos de su historia Rodolfo González Ulloa La vida ha dado muchas “puntadas” a lo largo de los 93 años de este inmigrante italiano Lo primero es tomar las medidas: a los 24 años dejó Italia para buscar futuro en América. Llegó a Costa Rica por barco con US$12 en la bolsa y encontró trabajo en la satrería y tienda New England, propiedad de su tío Luigi. Era octubre de 1937. “Ganaba ¢5 colones al día y tenía que pagar mensualmente ¢120 en un hotel para dormir y comer, además de cancelarle el pasaje de barco a mi tío”, recuerda el sastre, mientras cruza sus dedos y deja ver, sobre su muñeca, un reloj dorado. Las cosas no eran fáciles para un inmigrante italiano que había aprendido su oficio en Morano Calabro, pueblo de origen milenario ubicado en la provincia de Cosenza, al sur de Italia. Pero siempre se las ingenió para enviar dinero a sus familiares en la golpeada Europa de los años treintas. “Estuve pocos meses en New England. Mi tío me prestó ¢7.000 y compré la cantina La Unión, ubicada en el Paseo de los Estudiantes. Vendía a ¢15 centavos el trago con la boca, y al final del día terminaba agotado”. “En ese entonces, mucha gente vivía y trabajaba en el centro de San José, así que a la salida del trabajo pasaban a pie por la cantina. Recuerdo, por ejemplo, que a veces pasaba el magistrado don Víctor Guardia, y se tomaba una copita de vermut”, relata don Luigi, y con el recuerdo se le endulza mucho el gesto. Casi sin hablar español y con poca experiencia como cantinero, los días transcurrían lentos en un San José que recorría siempre a pie, a veces en tranvía y ocasionalmente en “majirus”, un bus que se tomaba en el Parque Central y recorría algunas cuadras de la capital. Después… mucha tela que cortar Pero el ambiente se puso pesado contra los italianos, alemanes, japoneses y españoles en 1942. La Segunda Guerra Mundial golpeó a estos extranjeros en Costa Rica con saqueos, disturbios y agresiones y don Luigi no fue la excepción. “Un día llegaron y reventaron los vidrios, destruyeron la cantina y sólo me dejaron la radio y una garrafa, con la que traía el guaro de la fábrica para servirle a los clientes. Afortunadamente, detrás de la radio yo tenía una alcancía en la que cada día echaba ¢2. Rompí el chancho y vi que tenía ¢130. Arreglé las ventanas y monté otra vez la cantina. Por cierto, don Víctor Guardia se ofreció a ayudarme económicamente”, relató. Pero lo de don Luis no era el mostrador con vasos, hielos y servilletas, sino las telas, hilos y tijeras. Así que tres meses después vendió la cantina en ¢3.300 y retomó su senda de sastre. Empezaba la historia de Mainieri Aronne, aunque entonces se llamaba Aronne & Mainieri.
También los patrones Luigi Mainieri inició una sociedad con Luigi Aronne en 1942. En el edificio del Diario Costa Rica empezaron a hacer sus trajes. Ahora, eran los dueños de su negocio y se regían por sus propios patrones. “Pensamos que era más fácil para la gente pronunciar Aronne & Mainieri. Sin embargo, a los tres años mi socio siguió su propio camino y entonces le cambié el nombre a Mainieri Aronne”, explicó el sastre. En 1962, cuando demolieron el edificio del Diario Costa Rica, don Luigi alquiló a la librería Universal el local donde esta tienda había iniciado el negocio, es decir, en frente del actual edificio en la Avenida Central. Es ahí donde se ubica actualmente Mainieri Aronne, aunque poco a poco don Luigi fue agregándole otras propiedades aledañas, en la avenida central, las cuales alquila actualmente a otras empresas. “Me expandí en los bienes raíces, alquilando locales a otros empresarios, en lugar de abrir nuevas Mainieri Aronne en Costa Rica. Esto tiene una razón: mi negocio como sastre lo entiendo como una relación directa con el cliente. Los trajes son hechos a mano, a la medida. Claro, poco a poco fui introduciendo otros productos: calcetines, corbatas, sombreros”, dice, pero el corazón de la empresa es la sastrería italiana. Actualmente hay 16 sastres trabajando para don Luigi, pero los trabajos más exigentes se hacen en la propia tienda, donde el ojo experto del maestro sigue atento cada mañana. “Mi oficina es donde están los sastres y la tienda. En todos estos años de trabajo siempre de día estuve atendiendo a la gente y haciendo sastrería. De noche era cuando hacía el trabajo administrativo”, señala. Ajustar y tallar Son otros tiempos en Costa Rica. La gente ya no viste de saco, corbata y sombrero. Por eso, en el negocio hay que hacer ajustes, ampliar la oferta de mercadería. Por otro lado, cada vez quedan menos sastres de experiencia que hacen todo el proceso a mano. Lo que antes era norma, ahora es valor agregado. Por eso don Luigi se extraña cuando se le pregunta por otras opciones para el futuro. “¿Que si vendería?... (la expresión se le nubla un poco, como si escuchara una propuesta dolorosa e inaceptable. Primero responde moviendo la cabeza, luego con la voz) ¡No!” A la medida La segunda y tercera generación de la familia ya están en la tienda. Su hijo, José Luis, se ocupa del comercio y su hija Elizabeth de los bienes raíces. Tras el mostrador de la tienda, una joven lee el documento que la cámara de comercio le entregó a don Luigi en el 2004, cuando le otorgó la Orden del Mérito Mercantil. “Nono”, lo llama, y don Luigi sonríe. En la tienda se percibe por él gran respeto y cariño.
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