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Estilos de Vida

Artículos Edición # 676

Así pinta la historia

El Financiero

Rodolfo González Ulloa

Yo pensé que se iba a enojar, pero más bien cooperó. José Miguel Rojas, artista y curador de la exposición Comunicar +Generar, un recorrido por los 30 años del Museo de Arte Costarricense (MAC), aceptó que EF le desordenara el guión de su recorrido y planteara, con algunas de las obras expuestas, una cronología de la plástica costarricense.
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CLASE EJECUTIVA

Robarle al Rey Lear

Ana Istarú

Cuando William Shakespeare escribióEl Rey Lear no existía el concepto de violencia patrimonial contra los ancianos. A pesar de este detalle el poeta inglés describió en su obra cumbre sus más crueles alcances y nos legó de paso un agridulce retrato de la senilidad y su decadencia, no exento de una aguda observación: lo mismo se despoja en la vejez a un mísero campesino de sus cabras, que a un monarca de su reino.

Y si el Rey es Reina, la cosa empeora, educadas como estamos las mujeres en vivir con culpabilidad cualquier ejercicio de nuestros derechos. Recibimos un arduo entrenamiento en las técnicas de la total entrega. Bien lo ilustró mi abuela, al ser preguntada sobre en qué animal le gustaría reencarnar.

“En una vaca: da leche, crías, carne, cuero y hasta de los cachos se pueden hacer botones.”

No sé si existen botones de cacho de vaca, pero sí sé de abuelos despojados de sus bienes y alguna vez escuché a alguno de sus parientes, responsable de atenderlos, preguntar con aspereza: “¿Para qué quiere a estas alturas sus propiedades? ¿En qué puede gastar un anciano?”

Quizás en lo que le dé la gana, si continúa con el pleno uso de sus facultades. Al fin y al cabo invirtió una vida en amasar una inmensa o una exigua fortuna, y no son sus descendientes o alguna hambrienta secta religiosa quienes tengan derecho a devolverlo a la minoría de edad y usufructuar de sus pertenencias.

Por nuestra parte, ubiquemos los valores en su justo sitio: a pesar de su pasado poderío, algo faltó al Rey Lear. Acumuló soldados, castillos y riquezas, pero no supo dar ni recibir amor ni enseñar a sus hijas mayores la honestidad, el afecto y el respeto, única protección verdadera contra la eventual indefensión que va produciendo el tiempo.

La grandeza de una nación se mide por la forma en que trata a sus niños, a sus desvalidos y a sus mayores.

Otorguemos a nuestros padres aquello que nos gustaría recibir algún día de parte de nuestros hijos.



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