Entrevista # 670
Ahí donde se vende el tiempo...
Heredera de la centenaria Relojería Julio Fernández dice que el éxito está en calidez con el cliente

Frank Guevara /Para EF
La tarde en que la llamé por teléfono para solicitarle esta entrevista, Flora Fernández se mostró reticente ante mi petición.
“Mire, me extraña un poco que quieran hablar de una pequeña empresa nacional”, dijo con toda sinceridad.
Y, de una vez, lanzó un “disparo ideológico”: “Es que ya el empresario nacional no importa y con el tratado con Estados Unidos nos van a hacer más daño”, sentenció.
“Pero está bien, yo con gusto lo atiendo. Venga mañana a eso de las 11”, dijo la empresaria de 53 años, nieta de Julio Fernández Cordero, un hombre que no quiso ser campesino ni militar, sino relojero y fundó en 1905 la relojería que lleva su nombre y cumplió 103 años de existencia .
El conocimiento del oficio del primer Julio Fernández pasó luego a su hijo, el padre de Flora, Julio Fernández Vargas, quien en 1950 asumió el negocio de la importación, venta y reparación de relojes.
Luego, en 1993, tras fallecer el segundo Julio de los relojeros, Flora, la hija mayor, quien dice que en primer lugar es cocinera y luego administradora de empresas, asumió el negocio.
Como lo pactamos por teléfono finalmente llegué a la tienda, pero estaba tenso porque el peor lugar para llegar tarde es, obviamente, donde se compra y vende el tiempo: una relojería.
Ese martes 28 de mayo, en la abarrotada avenida primera de San José, el sonido de uno de los muchos relojes de cucú alemanes que colgaban de una pared del pequeño local me anunció que eran las 11 a.m. en punto y que llegué a tiempo.
En esta relojería los clientes entran y salen libremente, como en una pulpería. No hay grandes medidas de seguridad.
Con frecuencia solicitan cambios de la batería de su reloj, hacen una compra u ordenan una reparación. Pero otras veces no compran nada. Solo llegan a saludar y a comentar las noticias del día con Flora y su esposo, Rodrigo Jiménez.
De hecho, en medio de la entrevista nos interrumpió una amiga y clienta para saludarla y dejarle una bolsa de mamones para ella y los empleados.
Mientras estuve en la tienda se habló de política, del cambio climático, se criticaron proyectos urbanísticos en Monteverde, Puntarenas, y se expresó el temor de que empresas grandes bajen mucho los precios y afecten a las pequeñas.
Es obvio que Flora Fernández está satisfecha. Ella misma cuenta que el negocio va muy bien. Desde 1995 son importadores exclusivos en Centroamérica de los relojes de cucú Schneider, hechos a mano en Alemania, y de las marcas Swiss Military, Grovana y Horo Swiss.
Era un día muy movido y en un par de sillas junto a la entrada del local, la heredera y administradora de esta relojería conversó sobre su negocio que ha mantenido su familia por más de un siglo y que sigue vigente en medio San José.
¿Cómo es que se mantiene vivo un negocio como este por 103 años? ¿Qué es lo que se necesita para hacer tal recorrido?
Bueno, en nuestra relojería siempre se ha buscado la excelencia, la calidad y calidez con el cliente.
“Algo muy importantes es que siempre ha estado acá presente el dueño del negocio. No se encarga de todo a un empleado, como en otras tiendas. Por eso seguimos funcionando y nos va bien.
“Además, debo aceptar que soy salvaje con nuestros proveedores, aunque sean suizos o alemanes, no me importa.
“Yo les exijo que me tengan siempre repuestos y todas las garantías. Además, nosotros tenemos las distribuciones exclusivas para toda Centroamérica y conseguimos muy buenos precios, pero no para enriquecernos más, sino para trasladarlos a los clientes.
¿Cómo es que los Fernández terminaron metidos en este negocio de los relojes? ¿Cómo surgió?
(Sonríe) Ahh... eso fue mágico. Mi abuelo Julio Fernández Cordero era de una familia sencilla y campesina de Desamparados. Él no quiso ser campesino y lo mandaron a San José para ser militar. Pero después tampoco quiso ser militar y no sabía qué decirle a su papá. Entonces, se fue a la iglesia de la Soledad a rezar para ver qué hacía.
“Dicen que a la salida se encontró un librito de reparación de relojes y se metió en eso de una vez. Hasta pidió repuestos a Suiza que al final se los regalaron porque les pareció curioso que pidieran eso hasta estas tierras tropicales. Cuando su papá le preguntó que qué iba a hacer le dijo ‘ya soy relojero’.
“Mi mamá dice que no debería contar esta historia, que mejor dijera que fue a Europa a especializarse, pero esta historia es más bonita”.
¿Cuál de los dos Julio Fernández (su padre o su abuelo) fue mejor hombre de negocios?
Ambos fueron muy buenos y se enfocaron en la calidad y la atención personalizada al cliente. Eso es lo más importante en cualquier negocio. Creo que papá fortaleció la empresa. Él era contador y se metió cuando había como 20 relojeros. Apostó por el negocio de la reparación desde aquellos tiempos.
¿Y qué tal resulta hoy el negocio de la relojería?
Creo que se ha mantenido bien siempre, pese a los altibajos de la historia. Ha pasado la Primera Guerra Mundial, la Crisis de 1929, la Segunda Guerra y sigue vivo. Cuando hay una buena economía la gente tiene más dinero y compra más relojes, pero en contracciones económicas se fortalece la reparación.
“Hoy las ventas y la reparación andan bien, pero creo que más adelante pueden bajar las ventas y aumentar los arreglos si hay problemas en la economía del país”.
Veo que se lleva muy bien con sus empleados ¿Cómo debe ser la relación con los trabajadores en la empresa?
Mire, tengo acá empleados que se pensionan pero no se quieren ir. Son más difíciles de perder que los gatos, les digo yo (ríe)... Pero es que acá les pagamos más que los salarios mínimos, se les trata bien, se les da seguridad social, cada año se les pagan prestaciones y demás. No para que se vayan, sino para que estén contentos. De eso se trata esto.
Nombre: Flora Fernández Amón. Formación: Administradora de empresas. Edad: 53 años. Estado civil: Casada. Trayectoria profesional: Trabajó en la Comisión Económicapara América Latina y ayudó en la relojería desde los seis años.



