Opinión
La austeridad energética

Juan María González
vicepresidente de la Cámara de Industrias
Entre los vientos de cambio que desde hace casi dos décadas estremecen el mundo destaca el de la anunciada crisis energética.
La elevación de precios del barril de petróleo, arrastrando la de sus derivados, está trastocando el equilibrio de costos y precios de producción de materias primas, productos y servicios.
El petróleo es fuente principal de energía en Costa Rica y en el mundo, pero también es fuente de materias primas para industrias, como los fertilizantes o los plásticos.
Su uso en la extracción de otras materias primas, como los metales, en el transporte de personas y mercancías, en la generación de otras formas de energía accesible, como la electricidad, y en multitud de procesos productivos, incide de modo generalizado y complejo en los respectivos costos de las empresas de cualquier sector.
La incidencia en costos y precios está obligando a las industrias a replantear su relación con el mercado y va a hacer emerger a corto plazo nuevas actividades y áreas productivas, a la vez que empujará a otras a la transformación, su desplazamiento o eventualmente a su desaparición.
Mientras, el consumidor, asiste atónito a incrementos generalizados de precios.
La impredecibilidad de los cambios ante la reconocida vulnerabilidad de la mayoría de los países, está sacudiendo los gabinetes ministeriales encargados de formular estrategias energéticas, donde se busca acotar incertidumbres y vislumbrar nuevas vías.
Proyectos abandonados, como la energía nuclear, son rápidamente desempolvados en países con nítida sensibilidad ambiental. Generaciones alternativas de electricidad, como la energía eólica o la generación geotérmica de bajo gradiente, concurren con proyectos tradicionales renovables, como la generación hidroeléctrica.
Costa Rica debe acometer a la mayor brevedad un replanteamiento estratégico serio de oferta y demanda para el corto, el medio y el largo plazo, oyendo a todos los actores.
Esa responsabilidad política no puede ser traspasada a gobiernos siguientes, ni debería ser objeto de escaramuzas politiqueras miopes, casi siempre asociadas a fundamentalismos que esconden mediocridad y ceguera.