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Artículos Edición # 689
“Nuestra regulación es buena”

Esteban Ramírez Castro
Ni préstamos de baja calidad, ni burbuja inmobiliaria, ni crisis de desconfianza... Los contramaestres del sistema financiero costarricense consideran que la ausencia de estos ingredientes hace poco probable una tormenta como la de Estados Unidos.
“Es mejor ser un poco duro”
Bolsa recobra protagonismo
Urge seguro de depósitos
Editorial
Lecciones de la crisis
Al escribir este editorial, las bolsas de valores del mundo entero se encuentran en caída libre. De poco han servido para calmar a los mercados el paquete de salvamento aprobado por el legislativo de los Estados Unidos, la acordada baja en las tasas de interés con Europa y otros países, el incremento en el monto de los depósitos garantizados, los préstamos y las extendidas nacionalizaciones bancarias.
La confianza, el elemento central para detener la crisis y descongelar los mercados crediticios, no ha sido restaurada. Y con buena razón.
Claramente los tres superintendentes nacionales, entrevistados sobre las lecciones para el país de este entorno, insisten en que el mayor problema hoy es que lo que empezó como una crisis del mercado inmobiliario se transformó, hoy, en una crisis de confianza.
Por un periodo de quizás dos décadas, el regulador de los mercados financieros en los Estados Unidos abdicó de sus responsabilidades (por decisión propia o por norma legal), mientras que un sistema de incentivos perversos desnaturalizó la función de las empresas calificadores de riesgos y otorgó fortunas a ejecutivos que destruyeron –o casi lo hicieron– las instituciones que encabezan.
Un tercer elemento, consecuencia de los dos anteriores, debe ser añadido: el surgimiento de instrumentos que con el pretexto de redistribuir el riesgo, lo hicieron oscuro e incomprensible –tanto así, que nada menos que el magnate Warren Buffet, a quien nadie acusaría de saber poco de finanzas , calificó a los derivados financieros como “armas de destrucción masiva”–.
Ninguno de estos elementos estructurales, a saber, el debilitamiento de la regulación, el surgimiento de incentivos perversos y el uso de instrumentos que ocultan y hacen incomprensible el riego de las operaciones subyacentes, ha sido aún corregido. Por eso la confianza sigue desgastada.
Por la complejidad de la materia y por los intereses que están en juego, cabe esperar que la reforma sea lenta y posiblemente incompleta. Pero por ahora, ni siquiera ha comenzado.
A estas alturas, la crisis, claro está, dejó de estar confinada al mercado de las hipotecassubprime , para alcanzar primero al resto del sector financiero y extenderse luego a la economía en su conjunto, como lo atestiguan la contracción del gasto de consumo, el derrumbe de las ventas de automóviles e incluso las recientes disminuciones en el precio del petróleo.
En el corto plazo, las medidas anunciadas por las autoridades de los países desarrollados, si bien insuficientes, probablemente eran indispensables. Sin embargo, el fin de la crisis no está a la vuelta de la esquina y una vez normalizados los mercados financieros, pasará bastante tiempo antes de que el sector real de la economía se recupere.
En el largo plazo, si bien ha quedado claro que la pura y simple desregulación es un error de consecuencias catastróficas, no se sigue de ello que el paso siguiente sea una radical vuelta del péndulo y una regulación tan pesada que estrangule la iniciativa y el crecimiento.
Quizá las tareas más importantes de la nueva regulación sean asegurarse de que los agentes financieros tengan incentivos congruentes con la salud del sistema en su conjunto, por una parte, y por otra estar bien claros de que los riesgos asociados con cada instrumento financiero, lejos de ser ocultados mediante estructuraciones incomprensibles, sean claros y transparentes para todos los participantes en el mercado.
Son dos tareas fáciles de enunciar, pero extraordinariamente difíciles de ejecutar. Sin embargo, es indispensable afrontarlas y cuanto más antes sea, mejor.