Opinión
Enseñanzas de una crisis
Thelmo Vargas
Los intermediarios financieros juegan un papel vital en la economía de los países. Como los cuchillos, cuando son prudentemente utilizados son muy útiles; pero cuando no, pueden causar pánico.
Estos entes captan dinero de personas que no cuentan con buenos proyectos de inversión y lo colocan en préstamos a otras que sí tienen buenos proyectos. Con ello ganan todas las partes: ahorrantes, prestatarios y el banco.
Sin embargo, cuando una entidad financiera entra en problemas es muy posible que su mal “contagie” a otras.
Por definición, un intermediario financiero opera con alto apalancamiento; es decir, trabaja más con recursos captados de terceros que con los de sus accionistas. La relación puede ser ocho a uno, o más. Así, una mala jugada (o mala suerte) puede reducir el valor de sus activos y hasta comerse el patrimonio.
Por eso es que la actividad es objeto de regulación y supervisión prudencial por parte del Estado. La regulación tiene como objetivo velar por la eficiencia del sistema, no necesariamente evitar quiebras. Si estas han de ocurrir el propósito es que se den de manera ordenada.
Cuando, como ocurre hoy en EE. UU. y en otros mercados desarrollados, un ente financiero entra en dificultades, las autoridades analizan si se trata de problemas de “liquidez” – temporales y que se pueden resolver concediendo préstamos al intermediario–, o de “solidez” –las deudas superan el valor de los activos–, en cuyo caso procede una recapitalización del ente o aceptar la quiebra, idealmente ordenada.
Dos varas...
Ante problemas de solidez las autoridades suelen utilizar dos varas: si el ente es pequeño, se le obliga a capitalizarse o se le deja fenecer, pues esto es una manera de limitar el riesgo moral. Pero si se trata de un ente grande lo usual es procurar su “salvamento” por parte del Estado, utilizando recursos públicos, considerando que su quiebra podría generar reverberaciones indeseables no solo sobre el sistema financiero, sino sobre la economía del país.
En efecto, cuando un banco pierde parte del patrimonio, y no puede ser recapitalizado, la única manera de continuar en operación es reduciendo proporcionalmente su activo. Si es grande, el efecto (magnificado por el apalancamiento) puede ser tan sensible que ponga en peligro no solo a otros bancos sino al propio sector productivo prestatario.
“ Cuando una entidad financiera entra en problemas es muy posible que su mal contagie a otras”.
Economista
Exministro de Hacienda
La innovación en banca, y en el mercado financiero en general, ha sido la regla. Ella ha favorecido a los usuarios de sus servicios. Sin embargo, importantes actores bancarios parecen haber adoptado reglas de conducta demasiado arriesgadas. La promesa de grandes bonificaciones a los altos ejecutivos bancarios por resultados de corto plazo, ha llevado a algunos a cruzar el límite de la prudencia.
Como es bien sabido, el retorno sobre la inversión de cualquier empresa (de un banco entre ellas) se puede aumentar si se eleva su apalancamiento. Pedir prestado al 8% para dedicar los recursos a una actividad que produce 10% de rentabilidad es una buena medida. Sin embargo, por la misma razón que las utilidades se multiplican en años de vacas gordas, en los de vacas flacas el alto apalancamiento contribuye a magnificar las pérdidas.
También por el crédito para proyectos riesgosos se puede cobrar tasas de interés más elevadas que para proyectos más seguros. Pero, como con el apalancamiento, donde hay rosas también hay espinas. Si a todo eso se une la fe de que por ser muy grande el respectivo intermediario el Estado no la dejará caer, el escenario queda montado para esperar una alta asunción de riesgos.
La experiencia reciente en EE. UU. confirma lo anterior. Por un lado, la concesión de crédito hipotecario de baja calidad estuvo acompañada de una alta dosis de riesgo moral (por parte de los originadores de ellos, de las empresas calificadoras de las titularizaciones que se formaban con garantía de estos y de quienes, sin meditar un segundo, compraban títulos muy rentables que eran calificados con grado de inversión).
Cuando el afectado fue un ente grande, por ej., la aseguradora AIG, el banco inglés Northern Rock, el de inversión Bear Stearns, o la compañía de financiamiento hipotecario Fannie Mae, los respectivos gobiernos vinieron en su auxilio. Cuando el ente afectado por la crisis fue una pequeña entidad de ahorro y crédito, o un banco como Lehmann Brothers, no hubo tal apoyo.
El esquema de apoyo estatal a entes financieros grandes tiene mucho de “socialización de pérdidas con privatización de ganancias”.
Es claro que su colapso puede causar más mal a la economía que el salir en su ayuda.
Pero la crisis financiera originada en el mercado hipotecariosubprime ha dejado muchos interrogantes que es menester contestar: ¿por qué correr a salvar a unos entes financieros y no a otros? ¿cuál es el criterio para escoger? ¿cómo salvarlos sin atizar el riesgo moral, que tan lesivo es en la economía? ¿cómo fue que ni regulados, ni calificadoras de riesgo, ni reguladores vieron que el mercado hipotecario en los EE. UU. estaba expuesto a un riesgo “sistémico” de tasa de interés? ¿procede reforzar la regulación y supervisión prudencial del sector financiero y, si la respuesta es afirmativa, en qué sentido?