Opinión
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Editorial

Un cargo retador

La presidenta electa, Laura Chinchilla, meditó con reposo y consejo el nombramiento del titular del Ministerio de la Presidencia en su próximo gobierno. Este es un funcionario clave en la arquitectura gubernamental.

La historia política recuerda, por la relevancia de su labor, los nombres de Mario Quirós Sasso, en el gobierno de don Francisco Orlich; de Carlos Manuel Castillo, en el de Daniel Oduber, y el de Rodrigo Arias, en las dos administraciones de su hermano, Óscar Arias.

El escogido por la Presidenta electa, Marco Vargas, posee experiencia y atestados suficientes para ejercer con decoro y eficiencia este importante cargo. Se trata de una posición exigente en nuestro sistema presidencialista en su doble función de unus inter pares en el gabinete, de coordinador, de firme y honrado escudero presidencial, y como puente e interlocutor con la Asamblea Legislativa, en un cuatrienio que la Presidenta electa signó de inmediato con la marca o el carácter del diálogo, la negociación y la transparencia, a la escucha de la decisión popular sobre un poder legislativo compartido.

Ambas funciones o tareas se deben ejercer en un ministerio pluridimensional, en cuanto a su contenido y su extensión, y, además, en un marco histórico y político nacional revelados de un cambio de época. Lo dicho comporta virtudes o valores significativos. Nos referimos, en particular, a la capacidad de diálogo y negociación, que, en modo alguno, debe interpretarse, según suele ocurrir en estos procesos, como abdicación de la autoridad o cesión o subasta de los principios básicos, regidos por el Estado de derecho y el bien común, que siempre han de ser el fin último. El timonel no debe perder de vista el faro.

En segundo lugar, el Ministerio de la Presidencia, como fuerza centrípeta de la acción política, conlleva una visión de conjunto de la marcha del Estado y del país, lo cual supone una diferenciación neta entre lo esencial y lo accidental para mantener el rumbo, a sabiendas de que el descuido de los asuntos aparentemente accesorios pueden tener una influencia determinante en las labores gubernamentales. Este balance entre lo fundamental y lo accesorio entraña perspicacia política, nutrida por el diálogo y la crítica interna constantes, todo lo cual se condensa en la trascendencia de la información y la comunicación en el arte de gobernar.

El Ministerio de la Presidencia debe estar al tanto de lo que pasa en el país, que ha de filtrar con discernimiento para reaccionar con acierto, energía y prudencia. Su apertura a la información y su capacidad de comunicación no se inspiran en el instinto, en el solo olfato político y, mucho menos, en la improvisación sino en el estudio y la deliberación permanentes. Desde este punto de vista, los medios de comunicación social representan, sobre todo con su carga de críticas, un instrumento inestimable. Esta tarea política demanda una serie de condiciones personales y de equipo singulares que rebasa el campo de acción de una simple oficina de prensa. Un Ministerio de la Presidencia moderno debe funcionar codo a codo con el Ministerio de Planificación y con un ministerio de información.

El arte de gobernar constituye un esfuerzo intelectual y político permanentes contra el azar, en la medida en que esto es posible, dada la imperfección humana. La previsibilidad política, entendida como cualidad o potencia de las cosas de ser vistas con anticipación permite preparar o disponer los medios adecuados contra futuras contingencias sociales. Si la labor política responsable demanda análisis, revisión y rectificación de lo hecho o conocido, así como seguimiento de las decisiones adoptadas, los grandes desafíos del futuro y los inevitables conflictos sociales convocan a los gobiernos a un ejercicio intenso de previsibilidad, de consideración del riesgo y de la vulnerabilidad, de las debilidades y fortalezas para reaccionar razonablemente. En fin, coordinación, información, diálogo y deliberación crítica, seguimiento y previsibilidad o anticipación, en el sentido dicho, para llegar a tiempo. Una vasta tarea digna de una democracia en marcha.

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