Columna Clase ejecutiva: El voto y la inocencia


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La democracia era simple, allá lejos, al otro lado de nuestros recuerdos, como una moneda lanzada al aire: una de sus dos caras gobernaría, por lógica elemental, aquel país que éramos, asombrado todavía de haber llegado al millón. La política era sencilla: los niños de una vez nacían mariachis o liberacionistas. Las fotos eran en blanco y negro.

Ya no. Acabamos de tener unas elecciones pasmosas, que juguetearon con sus predicciones. Por primera vez, quizás, reflexionamos. Perdimos la inocencia. Quisimos saber y desafiar, como en su momento lo hicieron Eva y su pareja. Y precios se pagan por ello: tendremos uno de los parlamentos más complejos con los que haya tropezado nuestra historia.

Quien difícilmente alcance la Presidencia, no necesariamente alcanzará el poder.

Tenemos logros de los cuales ufanarnos: la confrontación de ideas y caracteres, propiciada con infinita pertinencia por los medios y el Tribunal Supremo de Elecciones, pesó en nuestra balanza más que el artificio virtuoso de los publicistas; los candidatos comprendieron que lo respetuoso no quita lo valiente; quienes apoyaron a sus partidos o sirvieron durante los comicios, o simplemente fueron a las urnas, lo hicieron con tanta prudencia como intensidad; no creció el abstencionismo, aunque perdimos el regalo magnífico de verlo bajar; los jóvenes se involucraron y se jugaron la entraña. No está mal.

Mal está que haya empresas que quieran vetar a sus empleados una casilla en la papeleta y salgan de tal desaguisado impunes y apenas regañadas. Mal está que amenacen de muerte a un candidato. Por miedo a un Chaves que se inventan, quieren jugar a Pinochet. Si nadie está tocándole ni un vidrio a la democracia, para qué defenderla reventándola a pedradas.

Este país ya no es igual. Ha iniciado su viaje, de la inercia, a la hermosa pesadumbre de la vida consciente. Ese mismo país y dos personas, esperan que tracemos su destino. Honremos su esperanza, midamos sus ideales y nos vemos en las urnas en abril.

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