CLASE EJECUTIVA

¿Se puede ser feliz?


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¿Qué es, a fin de cuentas, ser feliz? ¿Lo somos ya, acaso, y nadie nos lo dijo? ¿Feliz es el bello, el acaudalado, el poderoso, como nos enseñaron Disney, los cuentos de hadas y la Santa Madre Publicidad?

El tiempo, más sabio y más realista, me ha conducido a esta conclusión: quien tiene amor es bello, porque quien te ama te encuentra hermoso. Eso explica por qué los varoncitos, bañados por la luz arrobada de la mirada de su madre, se saben preciosos. Eso explica por qué una bellísima compañera mía de colegio, de ojos excepcionales, pero invisible para sus padres, se sentía fea. Porque tener amor es tener belleza. El afán de las mujeres por ser bellas en una sociedad que no las valora, no revela más que su deseo insatisfecho de ser queridas.

Mi segunda conclusión: estar sano es ser poderoso, o al menos ser poseedor del poder más deseable: el de la autonomía, el de la propia soberanía, no el de imponer su voluntad a los demás. Incluso quien ve su salud menoscabada pero posee un diagnóstico y puede vencer o convivir con su dolencia, también goza de poder. “¡Salud!” nos dice el vino. Escuchémoslo, que él siempre dice la verdad.

Mi tercera conclusión: la auténtica riqueza es poder hacer, no lo que se desea, sino lo que se ama. Cuántos hay (ricos y pobres) sometidos por su devoción al dinero, descuidando su ocio, su familia, su placer, al borde del divorcio o del infarto, lejos de sus amigos, traicionando lo que alguna vez soñaron y han olvidado ya. Rico es quien dispone de su tiempo para hacer lo que le gusta y es útil a los demás. Es quien abandona su parcela de mundo un poco mejor de cómo la encontró, y esa es su herencia.

Quizá somos hermosos, aunque seamos viejos o imperfectos. Quizá somos reyes de nuestra existencia. O quizá nuestra felicidad nos busca ansiosa, porque perdimos el norte. Quizá podamos recuperarlo y por fin encontrarla.

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