El árbol de la vida

Una  historia de carácter autobiográfico


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En el aniversario de la muerte de su hermano de 19 años R.L. (Laramie Eppler), el problemático arquitecto Jack O’Brien (Sean Penn) recuerda su turbulenta niñez en los años 50 en Waco, Texas, y reflexiona sobre su relación con su autoritario padre (Brad Pitt), su amorosa madre (Jessica Chastain) y Dios.

Asistimos a una historia de carácter autobiográfico o casi, construida magistralmente por Terrence Malick, que se sintetiza en seis fragmentos. Hay elipsis de millones de años, brincos temporales entre ellos, que por la sintaxis del cine completamos con lo no dicho o lo sugerido. La vida es una suma de recuerdos imprecisos, las más de las veces; las menos, vívidos e imborrables.

La Gracia. Una aurora en la pantalla ¿Acaso es Dios? Sobrepuestos en los recuerdos de la niñez de la Sra. O’Brien, las polaridades de la vida: el camino de la naturaleza y el camino de la gracia. Todos debemos escoger cuál seguir. El primero, siempre encuentra razones para ser infeliz cuando todo brilla; el segundo, se funda en el amor y lo que conlleva.

RIP. Un cartero llama a la puerta, la Sra. O’Brien recibe y lee una carta. Alguien ha muerto. Ella telefonea a su esposo a punto de abordar un ruidoso aeroplano. En el horizonte cae el atardecer. Pitt y Chastain encarnan sus personajes admirablemente.

La edición de sonido e imágenes mezclan el dolor. Malick prefirió música de cámara y utilizó retazos de las partituras de Alexandre Desplant para intensificar la evocación, cuestionamientos a Dios, reproches y especialmente para reafirmar la voz interior: recuerdos, pensamientos, sueños borgianos. La pantalla y el sonido de la Sala Garbo menguan la calidad de la proyección.

La Culpa. Jack se despierta invadido por sentimientos de culpabilidad y tristeza. El interior de su casa, el vacío de su alma. Los recuerdos de R.L. lo atropellan. El éxito profesional no lo lleva a ninguna parte en el ascensor de la contemporaneidad arquitectónica de la ciudad. Está distraído, conversa con su padre, como un fantasma deambula por pasillos y oficinas: ¿Dónde te perdí? Encuéntrame, le responde R.L. o el creador.

La dirección de arte por Jack Fisk es impecable. Ha participado en otras obras de Malick, además de Carrie , The Straight Story , Mulholland Dr. o There will Be Blood , entre otras.

El principio. A diferencia de Kubrick, cuando con un hueso nos lanza miles de años en Odisea del Espacio 2001 , Malick se remonta 14.000 millones atrás, al Big Bang y secuencialmente a la formación de galaxias, planetas, organismos procariotas, la vida marina, a un dinosaurio compasivo de su presa y, finalmente, al asteroide que impactó Yucatán.

Es la historia del tiempo, al árbol de la vida que Stephen Jay Gould reformuló para celebrar la riqueza y complejidad contingente de la evolución, con imágenes y efectos especiales (cual blockbuster de SciFi), acompasados por el misticismo de la Lacrimosa , de Preisner, o el Canto Funeral , de Tavener.

Esta secuencia sorprende al cinéfilo y al experto, pues se opone a la estructura aristotélica e incorpora una profundidad sin parangón. Nadie esperaba la evolución del universo, símil de la vida humana, la de Jack y la nuestra, para abrir espacio a las reflexiones más hondas.

La Naturaleza. Este fragmento es superlativo. Nos cuenta la vida de los O’Brien: el romance, el nacimiento y crecimiento de Jack, R.L. y Steve (Tye Sheridan). La construcción de sus personalidades, sus andanzas y juegos. La faceta dura del papá y de la abnegada mamá.

Nos cuenta de un padre insatisfecho, que forja a sus hijos con “coyunda”, a defenderse a golpes: “si quieres éxito no puedes ser demasiado bueno… lo único que quise fue hacerte fuerte, que fueras tu propio jefe…”. Un padre exigente e intolerante hasta provocar odio, furia, venganza o rencor. La madre, todo lo contrario: complicidad, compasión, cuidado, perdón, amor.

La riqueza del lenguaje visual, de las perspectivas y ángulos, de la admirable fotografía del mexicano Emmanuel Lubetzki que, cámara al hombro y con iluminación natural, nos aprisiona y enseña la batalla interior que heredamos de nuestros progenitores: “¡Papá, mamá, ustedes siempre luchan dentro de mí!”, como los ángeles del bien y mal que nos azuzan.

El fin. Es el dintel de una puerta a un árido desierto. La tierra devorada por el sol. Jack atormentado vagando entre rocas, un lago salado seco o en el interior de una iglesia, tras su niñez, R.L. y su padre. En simultáneo, su madre realiza un viaje semejante. Un sugerido terraplén, altar solar o puerto a otra dimensión nos lleva a la orilla del mar. Multitudes apocalípticas se aglutinan y él (Jack y Malick) encuentran su catarsis. Al final queda una llama. La infinita soledad de Dios o la nada.

En su regreso al pasado o al presente, hay una historia cerrada oculta por pequeños gestos de los personajes, casi imperceptibles en sus últimas secuencias.

El cine es la vía de Malick de expiarse y expresar complejas ideas filosóficas, que estudió en MIT, Oxford, Harvard y en AFI.

Es pretencioso afirmar que las comprendo totalmente. Como espectador, me avasalla la poesía y el arte que emergen de esta obra maestra narrada con voice off , que provoca intensas emociones y una gran densidad en los conceptos. No en balde, la Asociación Internacional de Críticos la premió como la mejor del 2011. Perviven muchas lecciones llenas de esperanzas, la más importante: la única manera de ser feliz es amando.

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